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El presidente López Obrador empieza a hacer con el gobierno de Joseph Biden lo que dijo en un libro que haría con el gobierno de Donald Trump: pintar su raya y ponerle mala cara.

Ha empezado por no felicitar a Biden por su victoria, haciendo extrañas alusiones a la prisa con que otros gobiernos reconocieron al ganador de las elecciones mexicanas de 2006, fraudulentas, según él. Es una manera de sugerir que podía haber fraude también en la elección de Biden.

Siguió estableciendo condiciones restrictivas para los agentes de espionaje que actúan en México, condiciones incumplibles o inexigibles bajo ningún estándar internacional, pero suficientes para pintar otra raya, que augura una mala relación bilateral en materia de seguridad.

Luego, al presidente mexicano no le pareció digna de condena la toma violenta del Capitolio, azuzada por Trump, pero encontró en cambio que era un atentado contra la libertad de expresión que la cuenta de Trump fuera cancelada en las redes sociales.

Salió a defender antes a Trump que a las instituciones agraviadas por el asalto a la sede emblemática de la democracia estadunidense.

El Presidente le ofreció luego asilo a Julian Assange, que Inglaterra se negó a extraditar a Estados Unidos, en un gesto de imposible realización, pero suficiente para indicar que México está de parte Assange en su litigio a muerte con el establecimiento de la seguridad estadunidense y con el Pentágono, quienes ven en Assange a un filtrador criminal de secretos de guerra.

Finalmente, ha procedido con rapidez inusitada a darle carpetazo a la acusación estadunidense contra el general Cienfuegos, y a hacer público el expediente del caso que le fue entregado al gobierno mexicano bajo condiciones de confidencialidad. Inusitado gesto de transparencia por parte de un gobierno que se caracteriza cada vez más por su opacidad y que se ha puesto en campaña precisamente contra el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, el órgano de la transparencia mexicana.

El Presidente parece estar construyendo frente al Washington de Biden una querella que evitó frente al Washington de Trump, con quien no tuvo sino penosas aquiescencias, pero a quien parece profesar una simpatía política que a muchos mexicanos les resulta no solo inexplicable, sino odiosa.