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Salimos porque no sabemos estar encerrados, porque el espacio se reduce cuando todos los que vivimos en el mismo espacio nos encontramos.

Salimos sin descaro - mexico-coronavirus-covid-19
Foto: José Pazos/EFE.

No sabemos estar quietos porque allá fuera hay para dónde moverse, pasa gente desconocida con miradas nuevas, con ropa que por alguna razón nos parece atractiva y nos atraen como los propios imanes.

Salimos para mezclarnos, para perdernos en el miedo colectivo o mejor aún, para olvidarnos de él entre tanta gente.

Nos distraemos rápido a la hora de tener que esquivar al que vende pan, al que pide limosna, al que se cruza en el camino y no se fija que allí estamos nosotros, una gran masa de cuerpo que también pasa por ese micro espacio en el mismo instante.

Estamos en la calle porque nadie nos ha dicho de la manera más tajante que tenemos que quedarnos adentro, porque siempre será una opción salir de casa mientras la puerta se pueda abrir por dentro.

Las autoridades nos han pedido ser cuidadosos, y por ello existen ahora cientos de clases de cubrebocas. Los negros, morados, blancos, azules, rojos; de tela, de capas, de uso médico o simples pedazos de tela cortados.

Salimos porque desconocemos a los muertos, porque esos 112mil son desconocidos y mientras no nos pegue a nosotros, podemos seguir haciendo lo mismo.

Nos encontramos en medio de las calles, con otros que piensan igual y que ven lo mismo que uno: la calle como salvación. Entonces se nos olvida el remordimiento.

En la Ciudad de México se sale porque es la capital, porque se necesitan llenar las calles del Centro para que haya movilidad, para que parezca de verdad el centro del país, donde no se duerme y en donde se encuentra de todo y con todo.

Se sale a la calle, aunque tengamos miedo a los robos, como la mujer de lentes en primer plano, que decidió colocar su mochila al frente de su cuerpo, al menos así se dará cuenta si alguien quiere robarle.

Salimos a trabajar, porque si no, no se venden los gaznates y las duquesas y cómo le hacemos para comer y pagar los pendientes.

Las calles las llenamos porque los negocios abren y hay que ir a comprar, aunque sea un poquito pero siempre se tiene que llevar algo para calmarnos.

Salimos porque en este país conversamos con la muerte, la adoramos, la celebramos, y desde hace 10 meses le perdimos el respeto. Ya nos da igual.

Nos arriesgamos al contagio, a dejar de respirar, a sentirnos tan fatigados que los síntomas de los que tanto hablan pudieran comenzar a aparecer. Pero qué tanto es tantito, es solo una vuelta, es un “voy y vengo”, es un “solo voy a ver a los cuates”, porque claro, hace mucho que no los vemos y hace mucho que no salimos.

Nuestro país la tiene difícil, porque no tiene a quién seguir, porque los que aparecen en la mañana, en la tarde y en la noche por la tele no obligan, no cierran, no tienen poder de convencimiento y tampoco ayudan al bolsillo de casa.

Salimos porque no entendemos que los hospitales se llenan, que todo está en aumento, y porque nunca nos va a pasar.

El consejo de las autoridades es “Quédate en casa, si no tienes que salir, no salgas”, y solo nos remiten a una pésima comunicación, porque la gente tenemos que salir, porque unos tenemos que trabajar, otros que comer y pues otros salir, nada más.

Muchas mujeres salimos porque en casa nos golpean, nos maltratan, porque el hombre y uno que otro hijo se gastan lo que hay en alcohol y cigarros. Entonces intercambiamos miradas como buscando aliadas para sentirnos seguras y saber que no somos las únicas que la pasamos mal.

Salimos porque no sabemos otra cosa cuando la casa es chica y las calles son grandes.

Esa es la realidad.