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En las últimas dos ediciones de Sin Fronteras hemos analizado el tema del fuerte deterioro en las finanzas públicas en Estados Unidos. La conclusión del análisis fue que, desde antes de la llegada de la pandemia, tanto el déficit como el endeudamiento presentaban ya una trayectoria preocupante de largo plazo como resultado de los recortes a las tasas de impuestos impulsadas por la administración Trump en el 2018.

Asimismo, argumentamos que ese deterioro había dejado al gobierno con poco espacio de maniobra para implementar medidas contracíclicas cuando llegara la siguiente recesión. Con la llegada de la pandemia y la instrumentación de nuevos estímulos fiscales estamos ante una trayectoria insostenible de largo plazo para las finanzas públicas.

Las decisiones de política fiscal durante la administración de Trump deben por fin eliminar el mito de que los republicanos buscan la prudencia fiscal mientras que los demócratas están dispuestos a incurrir en déficits más grandes para impulsar el gasto público.

La realidad es que desde la primera administración de Ronald Reagan, que comenzó en 1980, posteriormente George W. Bush y ahora Trump, los republicanos se han dedicado a incrementar el déficit al impulsar medidas para reducir impuestos.

Asimismo, las administraciones demócratas de Clinton y Obama optaron por implementar políticas fiscales más prudentes encaminadas a sanear la situación en la que recibieron las finanzas públicas. En el caso de Reagan, el déficit público como porcentaje del PIB pasó de 2.4% en 1981 a casi 6% en 1983. Asimismo, la deuda pública como porcentaje del PIB pasó de 32.5% en 1980 a 50.5% en 1988.

Aunque el plan fiscal de Reagan sirvió para estimular a la economía, el argumento de que la aceleración en el crecimiento del PIB haría que los recortes impositivos se “pagaran por si solos” nunca se cumplió.

Durante la era de George Bush padre, la indisciplina fiscal del gobierno anterior contribuyó a que EU entrara en recesión en 1991. Para ese entonces la deuda pública como porcentaje del PIB ya había ascendido a 60 por ciento. Esta situación obligó a la administración de Bill Clinton a implementar un plan eficaz de disciplina fiscal.

En los ocho años de Clinton, el déficit público como porcentaje del PIB que comenzó en 4.5% se convirtió en un superávit de 2.3 por ciento. Sin embargo, el saneamiento de las finanzas públicas duró poco ya que para finales del primer periodo de la administración del republicano George W. Bush el superávit que dejó Clinton ya se había convertido en un déficit equivalente a 3.4% del PIB.

Cuando el demócrata Barack Obama tomó la presidencia en el 2009, recibió las finanzas públicas con un déficit de 3.1% del PIB. Este déficit se amplió de manera importante alcanzando 9.8% del PIB en el punto más álgido de la Gran Recesión del 2009. Sin embargo, para el cierre del 2016, el déficit público había descendido a 3.2% del PIB.

Antes de la llegada del Covid, Trump ya había inflado el déficit a 4.7% del PIB. Con la implementación de los estímulos y la caída en el PIB, el déficit podría cerrar este año en aproximadamente 12% del PIB, pero si se aprueba un nuevo paquete antes de fin de año, el déficit podría llegar a 16 por ciento.

La administración de Biden tendrá la tarea de colocar las finanzas públicas en una trayectoria sostenible, lo cual implicará una reforma fiscal que revierta parte de los recortes de Trump. La realidad es que, a pesar de su discurso, la disciplina fiscal ha brillado por su ausencia durante las administraciones republicanas desde 1980, mientras que las administraciones demócratas han demostrado ser más prudentes con el manejo de las finanzas públicas.