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1.- Como ustedes saben –le dijo Eduardo Matos al Rey Juan Carlos I de España al recibirlo en el Templo Mayor–,  todo esto que hemos visto fue destruido a principios del siglo XVI por los españoles…

Y ante la sorpresa del Borbón, el arqueólogo pegó el muletazo salvador:

–Ya saben sus majestades como eran esos Austria…

El rey, experto en las relaciones internacionales y la buena vida, se carcajeó y le dijo al arqueólogo:

–Profesor: debería usted ser ministro de Relaciones Exteriores.

–Pues dígaselo a éste, respondió Matos Moctezuma (III)  señalando al presidente de México.

“ Lo de “éste” –diría Matos tiempo después–, se me salió sin querer. Pero lo dicho, dicho fue.

“Y es que su majestad proviene de los  Borbones, dinastía instaurada por Felipe V en el año 1700, y los anteriores reyes de España pertenecían a la casa de Austria. De esa manera evadí el problema de echarle en cara la conquista con todas sus consecuencias”.

Hoy ya no hay Austrias en el desvencijado trono de la Corona española, cuya supervivencia en el tiempo ha sido ahora boca bajeada por las andanzas financieras, eróticas y cinegéticas del heredero de Franco, a quien en el reino de las paradojas se le censura su codicia interminable, pero se le reconoce el derecho monárquico de reinar sobre los baturros. Y los no baturros, también.

¿Y si no hay descendientes directos de aquella corona, ¿a quien le vamos a exigir los mexicanos, las disculpas por la invasión conquistadora, la evangelización y el Santo Oficio?

Pues de seguro a este “parricida”, Don Felipe VI, quien quiere salvar el honor de la Casa Real, así sea incumpliendo el segundo mandamiento  de la religión cuya fe profesa. O eso dice.

Pero entre honrar al padre  o conservar la pitanza de la Zarzuela, “pues vamos, padre, hágase a un lado, váyase donde lo cobijen los  extranjeros con quienes hizo negocios, ya sean moros o cristianos”.

Entre el Rey Emérito y el Rey “Ya merito”, los españoles tienen para divertirse un rato.

Y si no fuera suficiente con las desventuras conyugales de Doña Sofía de Grecia, crónicamente engañada y luego abandonada, ahora tenemos solitaria como dedo, a la señora Paloma Cuevas,  cuyo esposo, el conocido coreógrafo taurino, Enrique Ponce (“Ninel Ponce”, para los cuates), se ha liado con una jovencita tan bella como era ella hace 20 años, lo cual ha llevado a la disolución de la pareja cuya guapeza tantas veces asaltó la ¡Hola!

Sic transit gloria mundi est… 

2.- –“Vete al palacio de “El pardo”, me ordenaron cuando trabajaba yo en la información presidencial. El presidente De la Madrid va a llegar a esos alojamientos. Son los de los visitantes extranjeros. Espéralo ahí por si algo se necesita”.

En principio la idea de ir a la antigua residencia de Franco me molestaba un poco. Pero también me daba la oportunidad muy a la española de pedir la llave de retrete y tras usarlo, decir ufano: “me cagué en la casa del Caudillo”.

Distraído de los funcionarios de prensa y protocolo, correspondientes (en busca del retrete vengador), me puse a vagabundear por los salones. De pronto, como una aparición del  “delirium tremens”, dos muchachitas como “Las Meninas” o las hermanas malvadas de la Cenicienta, entraron  correteándose y tirándose de los holanes de unos vestidos hampones, hampones; de colores horribles, horribles; entre  risa y risa.

Eran las infantas.

Tiempo después una de ellas  –Cristina–, casada con un waterpolista muy majo y muy transa, perdió hasta los títulos nobiliarios, por los delitos de defraudación fiscal. Matrimonio de fulleros. Pero ese día la niñita no sabía aun de cómo le vendría el futuro. Jugaba con su hermanita y me preguntaba desdeñosa:

–¿Y tu quién eres, qué haces aquí. Llamamos a los guardias?

Con las nenitas asomadas por un balcón con vista al patio exterior, dejé el enorme salón.

–Vienen en helicóptero, me dijo un hombre de radiocomunicador como quien alivia al impaciente. A lo lejos se veían varios aparatos en el cielo .

Cuando bajaron las aeronaves, una puerta se abrió. Juan Carlos de Borbón, bajó del sitio del piloto,. Después descendió el presidente de México.

–“¿Le ha parecido bien el servicio, señor presidente”, dijo el rey.

–“Muy bien, su majestad. Es usted un estupendo piloto”. Juan Carlos se dio a reír. En ese tiempo, solía reír mucho.

Sobre todo se reía de los españoles.