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En el decreto de prioridades de su gobierno frente a la emergencia, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador enlista muy bien el país que quiere gobernar y el que puede esperar algo de él.

Es el país de los programas sociales de subsidios a gente que no tiene empleo ni ingreso, adultos mayores, jóvenes sin trabajo, estudiantes sin beca, tandas de préstamos a la palabra, microcréditos a microempresas.

Es el país de contratistas y trabajadores que podrán sacar algo de que el gobierno le meta miles de millones a Pemex, otros miles al aeropuerto Felipe Ángeles, al Tren Maya, a la refinería de Dos Bocas, al proyecto  transístmico, al  bosque de Chapultepec, a la terminación del tren a Toluca.

Lo común a todos estos proyectos de inversión pública prioritaria es que poco o nada tienen que ver con la emergencia presente en materia de desempleo y la desaparición de empleadores. Es decir,  con las consecuencias devastadoras que la recesión económica está teniendo sobre empleos e ingresos que se tenían.

Lo he sugerido en una columna de la semana pasada: es como si Presidente creyera que  hay un país del gobierno, que se debe al pueblo, y un país distinto del pueblo que no necesita atención del gobierno.

Social y demográficamente visto, el “país del pueblo” en que piensa el gobierno es el más desprotegido y también el más improductivo. Es el país que en condiciones normales necesita más apoyo, una política de subsidios solidaria, porque no puede sostenerse a sí mismo, ni crear su propio camino de bienestar.

El gobierno tiene que atender a ese país que no puede solo. Lo ha venido haciendo desde los programas de zonas marginadas del presidente José López Portillo, donde se estrenó como funcionario López Obrador.

Pero el país que la pandemia amenaza con arrasar es el que tiene ingreso y empleo, el que de alguna manera se basta sí mismo, el país de donde vienen los excedentes, los impuestos, para subsidiar al país marginado.

Lo que necesita el país productivo que está destruyendo la pandemia son recursos temporales para pasar debajo de la ola de destrucción y salir del otro lado con capacidad de ponerse rápidamente en pie.

Pero ese es el país que olvida el Presidente.