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En un tiempo se decía; las famas se van de tres en tres. Por tríos se mueren los célebres, los artistas; cantantes o escritores. Lo mismo da. Y eso ocurrió en estos días, como si la omnipresente y atareada parca, cuya guadaña con virus siega por parejo en cualquier parte del mundo, todavía se diera el gusto de seleccionar de tres en tres a quienes la vida les ha decorado la frente con los privilegios de la popularidad.

Ahora, cuando todos somos expertos en las especulaciones del Coronavirus, resulta paradójico revisar la reciente tripleta negra de los desaparecidos en días pasados y ver cómo el único relativamente joven entre ellos, fue el único asfixiado por el sofocamiento del virus planetario:

Luis Sepúlveda (70), fallecido en España y casi un muchacho en comparación con Rubem Fonseca (95) y Amparo Dávila (92), la notable escritora de temas misteriosos y criminales.

Fonseca fue un autor de mi admiración pero no de mi pasión. Amparo Dávila jamás terminó por gustarme, cosa sobre la cual ella no debe haber tenido jamás ni una pizca de preocupación. Luis Sepúlveda siempre me pareció una maravilla total.

En estos días de lecturas y relecturas, veo algunos libros de Sepúlveda y me llama la atención algo sobre lo cual nunca había reparado: en su lenguaje (vaya presagio), no existe la cerveza mexicana “Corona”. No cuando habla de ella en sus textos.

Por ejemplo, en el “Diario de un killer sentimental”, dice:

“—No, pos. No puedo dejarlo salir a esta hora. Es muy temprano y todavía andan sueltos los judiciales. Le van a robar hasta el alma. Mejor espere a que den las seis. Ándele, usted pone las cervezas y yo le convido unas quesadillas preparadas por mi vieja.

“Mientras abría una botella de Coronas, agradecí la prudencia de aquel hombre. Había olvidado que el D.F. es una ciudad que durante las horas de oscuridad le pertenece a los delincuentes de la policía judicial. Bebimos y comimos sus quesadillas frías pero sabrosas, y con las primeras luces me lance a las calles”.

Cerveza “Coronas”y Coronavirus. Vaya cosa.

Hoy no existen más ni la Policía Judicial de esta ciudad, ni tampoco el Distrito Federal. Ni Luis. Existen, eso sí, frescos, alegres, conmovedores, imaginativos y geniales, sus libros. Y sobre todo el recuerdo, creo yo, del único chileno capaz de llevar el nombre de Juan Belmonte a las alturas de su literatura. Eso no lo hizo ni Neruda.

En cuanto a Fonseca es indispensable un punto excelso en su obra: la novela en torno del suicidio, o inducción al suicidio o crimen de historia vestido con los ropajes de la aparente voluntad, del populista Getulio Vargas.

“…La traición hacía parte del juego político, máxime ahora,

cuando la gran prensa, los militares, los políticos, los

estudiantes, las clases productoras, la Iglesia contribuían todos,

con ardor exaltado, a la confusión que comenzaba a dominar el

país”

Y más:

“Por un instante ella levantó la mirada de su diario y notó el gesto absorto de Mattos. 


—¿En qué piensas?
—En Getulio Vargas —pausa—. ¿Y tú?
—Tengo cosas más importantes en qué pensar. Tengo mi vida.

—Getulio Vargas es parte de mi vida— dijo Mattos.


—Getulio te hizo aprehender cuando eras estudiante.


—No fue él. Fue un esbirro cualquiera. Siento pena por Getulio. Sé que es absurdo. Yo mismo estoy sorprendido”.


Y en cuanto al sórdido mundo de los personajes extraños de su obra, como la Señorita Julia, por ejemplo, releo a Dávila en su escalofriante “El huésped”, cuya textura invoca a Lovecraft.

“…Salté dé la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento…

“…Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente…

“…Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.

“Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo…

“…Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…!

“Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas… Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

“Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante”.