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No es posible pensar que esto es un juego y que esa autoridad moral que se cree tener como gobierno alcanza para inmunizar a México de cualquier contagio sanitario, financiero o económico tal como lo sufre todo el mundo.

No se pueden cerrar los ojos a la realidad y dedicar cada día a una agenda partidista que incluye presumir un aeropuerto tan inviable como Santa Lucía o para juntar a 1,000 personas a escuchar el mismo discurso del “no somos iguales”.

No hay que hacer eso cuando la tasa de traspaso del coronavirus (Covid-19) empieza a mostrar crecimientos a tasas exponenciales en México, cuando los barriles del petróleo mexicano están en los niveles más bajos de prácticamente lo que va del siglo y cuando la paridad peso dólar alcanza máximos históricos cada media hora.

La mayoría de los países del mundo tiene claro que estamos en una crisis global sanitaria. Los gobiernos renuncian a las acciones populares para tomar medidas drásticas en materia de salud y se alían con sus opositores para diseñar programas de apoyo fiscal para responder a la inevitable recesión.

El propio presidente Andrés Manuel López Obrador debería cuidar la credibilidad de su investidura. Tiene una feligresía que difícilmente le abandonará, literalmente pase lo que pase. Pero hay amplios sectores de la sociedad que hoy cuestionan su capacidad de manejar estas crisis, así en plural.

Porque a la contingencia sanitaria, a la que todavía no le tomamos la dimensión correcta, se ha sumado una crisis financiera que hoy nos ha hecho un país más pobre en términos de dólares, una nación con menos ingresos petroleros y cuyas empresas han perdido un enorme valor de capitalización.

La que sigue, y es inevitable, es una baja en la actividad económica hasta niveles recesivos. Las previsiones sobre el comportamiento del Producto Interno Bruto mexicano ya no se revisan por décimas de manera gradual, ahora bajan puntos enteros hasta niveles de caídas para los que no estamos preparados.

Va a hacer falta un gobierno fuerte y que proyecte confianza cuando esa condición económica toque los bolsillos en la forma de desempleo y baja del poder de compra.

Si no se entiende que la crisis del precio de las acciones, de los commodities y de las divisas en esos tan inalcanzables mercados financieros globales son un adelanto de lo que va a tocar en el futuro a toda la sociedad, se comete un error de apreciación que puede hacer enojar a una sociedad cansada.

México enfrenta el peligro global de la pandemia del Covid-19, pero tiene el componente local de una marcada inacción gubernamental ante el deterioro de sus propias cuentas públicas y la falta de un plan de estímulos fiscales para apuntalar muchas actividades económicas que se pondrán, sin exagerar, al borde de la quiebra.

La inacción de la 4T puede ser ese temido peligro para México en momentos en que todo el panorama ya cambió y hace falta un liderazgo sensato.