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No es exagerado decir que el nuevo coronavirus ha puesto al mundo en jaque y que lo que viene puede ser considerablemente peor. China ha contenido el brote, pero se extiende con pasmosa velocidad en el mundo. La OMS ha declarado al brote del Covid-19 como pandemia, esto es, una epidemia que llega a todos los continentes. La estadística de la fatalidad se asocia a la falta de alerta, dramático para el caso de Italia, que concentra casi 11 por ciento de todos los casos y 20 por ciento del total de los desenlaces fatales.

México, aparentemente, ha salido bien librado hasta ahora. Es en apariencia, porque no tenemos un sistema de detección oportuna que permita diferenciar los casos reales sobre los oficiales. El ingreso de personas del exterior, incluso de países con altas tasas de infección, no son objeto de examen riguroso, sobre todo, considerando que se puede ser portador sin presentar síntomas. Queda la impresión de que las autoridades no han tomado en serio el problema.

El Presidente y el gobierno han actuado para transmitir tranquilidad a la población. La misma OMS, en la declaración de pandemia, hizo un llamado a no entrar en pánico ni que la alerta conduzca a decisiones desproporcionadas. Sin embargo, también la OMS ha destacado sobre la necesidad de actuar con sentido preventivo. En México, el Presidente y las autoridades de salud se han apoyado en expertos y profesionales independientes para conducir la crisis. Es una determinación de autoridad lo que debe hacerse, pero es una decisión correcta allegarse de la opinión de expertos. Es deseable que estos manifiesten una opinión libre y que las autoridades realmente los escuchen.

Preocupa el impacto del coronavirus en el país en el contexto de dos situaciones que afectan la capacidad de respuesta: primero, las dificultades en el sistema de salud por la transición de los programas nacionales en la materia; segundo, los problemas derivados de la insuficiencia de medicamentos y material, producto del nuevo sistema de compras del gobierno federal. Si no se está dando respuesta a las necesidades cotidianas —problema no solo de este gobierno—, mucho menos se tendría capacidad para atender una situación emergente y de demanda masiva.

El escenario actual podría modificarse en días. Lo urgente es la capacidad de detección y acciones de distanciamiento social. Pocos casos identificados pueden ser la evidencia de que la epidemia está distante o de que no tenemos la tecnología ni el programa que nos ayude a identificar con oportunidad el virus, justo lo que sucedió en Italia. Mejorar la capacidad de detección no alarma ni modifica la vida cotidiana de las personas. Todos, autoridades, empresas, profesionales y organizaciones civiles deben participar de un programa extraordinario para la detección del Covid-19, así como promover las medidas de protección social que ya aplican en otros países.

La detección oportuna es la fórmula más razonable e inteligente para contener el mal. Entender que el enemigo ya está en casa y que, por lo mismo, sin incurrir en sicosis ni alarmismo, se debe hacer todo para su detección. Las escuelas, las iglesias, las empresas y los gobiernos deben involucrarse para auxiliar en la detección del Covid-19 y así evitar lo que aconteció en aquellos países, que, por pasividad se extendió más rápido de lo previsto y con una tasa de fatalidad muy por arriba del promedio mundial. Corea del Sur, Alemania y Suecia hicieron lo recomendado por la OMS y han salido bien librados del caso.

China ha contenido el virus. Ha tenido, claro, que tomar decisiones extraordinarias. Hay mucho por aprender de ese país y sería muy importante que desde ahora las autoridades de salud de México diseñaran escenarios de atención para el supuesto de que tengamos un brote generalizado, por la simple inercia natural del desarrollo de los casos. Queda claro que la capacidad de atención hospitalaria es baja si no es que inexistente, esto significa que quienes padezcan el mal en su mayoría habrían de ser atendidos en sus propios hogares. Esto implica desde ahora hacer previsiones en materia de medicamentos, asistencia en hogares, entrenamiento masivo de personal, capacitación a las personas para asistir a enfermos, etcétera.

Es natural que las personas no queramos vivir en la zozobra o la intranquilidad por una enfermedad desconocida, con elevada tasa de fatalidades y, por lo visto, fácilmente transmisible. Por eso es de sentido común actuar con responsabilidad y aunque entraña costos y dificultades, es necesario prevenir y prepararnos para un escenario complicadamente adverso. La crisis de salud que está enfrentando el mundo es inédita y esto obliga a pensar más allá de lo convencional, entender que abandonarnos al tiempo puede ser la peor respuesta frente a un enemigo silencioso, que si bien es cierto no se puede vencer, si se actúa a tiempo y con claridad en el objetivo, se puede contener para evitar un impacto catastrófico en la salud de los mexicanos, como ocurre en Italia.

@liebano