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Ante la recesión, la negación. Y la negación es el primer impedimento para tocar fondo y cambiarle la suerte a la economía mexicana.

No hay margen, en esta ocasión, de poder responsabilizar del mal desempeño económico a factores externos, como sí pudieron Vicente Fox, a principios del siglo con la recesión estadounidense derivada de los ataques terroristas en Nueva York, o Felipe Calderón, con la gran recesión mundial que le costó a la economía mexicana un resultado negativo durante el 2009.

Tampoco hay margen para echarle la culpa a los anteriores, como sí tuvieron oportunidad Ernesto Zedillo, con el mal manejo financiero durante las épocas de Carlos Salinas de Gortari o hasta Miguel de la Madrid, quien recibió la economía mexicana en la ruina.

Aquí, López Obrador extendió un certificado de “no crisis económica” al expresidente Enrique Peña Nieto, a quien evita responsabilizar directamente de cualquier calamidad nacional.

No, esa caída de tres trimestres consecutivos del Producto Interno Bruto (PIB) mexicano durante el 2019 no es ni contagio del exterior, ni herencia del neoliberalismo, es de manufactura pura del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Es hoy parte de la historia económica del país, pero es también el referente para ver que la economía mexicana no tiene una base muy buena para que le cambie la suerte.

Y la negación de estos malos indicadores por parte del propio presidente de la República son la confirmación de que no habrá una rectificación en las malas decisiones económicas asumidas hasta hoy.

Aquello del “yo tengo otros datos” es una chunga del tamaño del cachito para el sorteo del avión. El sinsentido de la importancia del desarrollo sobre el crecimiento es un juego mental que sólo afecta a sus seguidores.

Lo que preocupa es la concepción ideológica del presidente de que el crecimiento económico lo único que le ha traído al país es que haya más dinero en unas cuantas manos y que por eso no le importa.

Éste es el futuro, la recesión del 2019 es historia. Pero esta idea de marginación de los capitales privados, porque ganan dinero con el crecimiento es lo que habrá de marcar el resto del sexenio.

Por eso es que esta designación de Alfonso Romo como coordinador de ese nuevo eufemismo burocrático al que quieren llamar gabinete para el fomento a las inversiones y el crecimiento económico no parece más que una ocurrencia más.

Alfonso Romo es una voz autorizada para hablar de las expectativas que tienen los empresarios sobre las políticas de gobierno. Pero el jefe de la oficina de la presidencia tiene una voz apagada entre los dogmáticos que rodean al presidente. Y, por lo visto, ante el pensamiento mismo de López Obrador.

Ya lo veremos en unas semanas más con el famoso plan de infraestructura energética. Veremos si a los capitales privados les dan opciones reales de inversión o simplemente les dejan las migajas que los que controlan desde el gobierno el sector energético pretenden dejar a los abusivos capitalistas que abusan del proletariado.