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Tienen que ser por desconocimiento histórico las críticas a la recepción que le dio ayer al presidente a su homólogo cubano. Las simpatías del mandatario mexicano hacia el sistema político de la isla son públicas y efusivas. Es más: es imposible separar a Cuba de su esencia política.

Incluso, si no tuviese la venia de su jefe, la lideresa del partido en el poder no sería tan notoria admiradora hacia el gobierno de La Habana, que desde 1959 prohíbe elecciones, propiedad privada y prensa libre. Es más: habla bien de la congruencia política e ideológica de la 4T, que no oculte a sus amigos.

Además, hay que recordar el interés del presidente cubano en México. La pasada administración carecía de pedigree político para esos detalles, pero cuando Díaz-Canel era el tapado de Raúl Castro, su primer acto fue venir a la toma de posesión el 1 de abril de 2012. Pero nadie aquí le mostró interés.

Igual que la sempiterna inclinación del mandatario mexicano por Cuba: hasta entrado en sus 50 años, sólo había salido dos veces al extranjero, y las dos fueron a la isla. Y, mientras para muchos Fidel Castro era un dictador, para él fue “un luchador social y político de grandes dimensiones”.

A su vez, Fidel Castro había escrito que “López Obrador ganó los comicios presidenciales de 2006, aunque el imperio no le permitió asumir, pero será la persona de más autoridad moral y política de México cuando el sistema se derrumbe y, con él, la mafia del poder”.

Y, apenas el 13 de agosto pasado, la presidenta de Morena recordó con vibrante emoción a Fidel: “Nos unimos con entusiasmo al homenaje y conmemoración del 93 aniversario de su nacimiento”. Así que, aquí nadie debe llamarse a sorpresas, compañeros.

Más bien, el gobierno mexicano tendría que aprovechar su excelente relación con Donald Trump para incidir en el presidente de Estados Unidos deje de apretarle las clavijas a La Habana, envuelta la peor crisis económica en sus seis décadas de sistema comunista.

Ningún gobierno mexicano había sido elogiado tanto ni tantas veces en público (hasta en la tribuna de la ONU) por un inquilino de la Casa Blanca como lo ha hecho Trump: una posición que México debería utilizar para ayudar a Cuba en horas bajas.

Como Salinas en 1994, al evitar un bloqueo naval a la isla, por la Crisis de los Balseros. “Castro me hizo perder una reelección (Arkansas 1982); no me hará perder otra”, advirtió Clinton. Y Fidel escribió a Salinas: “Ojalá usted pueda convencer a nuestro ya casi común amigo…”, en referencia a Clinton.

Salinas convenció a Clinton. Luego Fidel lo guardó en Cuba de la ira de Zedillo.

Para eso son los amigos.