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El populismo, en su experimento mexicano, acomete este 2 de octubre su ensayo más inquietante, con el inicio del uso de unos ciudadanos para vigilar que otros ciudadanos guarden una disciplina social que le toca vigilar a las fuerzas coercitivas.

La Jefa de Gobierno anunció para hoy un “cinturón de paz” que asuma la seguridad pública en la tradicional marcha del 2 de octubre: son 12 mil empleados de gobierno, sacados de sus oficinas de manera arbitraria, para hacer labores policiacas.

El gobierno no reprime, pero no puede ser permisivo, dice la gobernadora de la ciudad, en una adecuación del lenguaje que viene del sistema cubano, maestro en la utilización de eufemismos, llamando a los desempleados “trabajadores disponibles”, o a las crisis económicas “coyunturas”.

Está por ver mucho, aunque lo que sí está visto es que pierden los ciudadanos: Todo será, en el discurso oficial, un triunfo del “cinturón de seguridad”, tanto si transcurre en paz, como si se ve obligado a intervenir y así mantiene el orden.

De una u otra, hoy estarían naciendo en México los “grupos de autodefensa urbana”, compuestos por trabajadores del Estado que, junto a los millones que conforman las clientelas electorales creadas con dádivas del gobierno, cerrarían una pinza de control “popular” sobre el resto de la población.

Así de sencillo es como empieza a trabajar la maquinaria de los populismos totalitarios, los cuales tienen una característica especial: quienes no forman parte de la maquinaria, la dejan andar, porque creen que los horrores son siempre responsabilidad de los otros.

Lo explica Daniel Johan Goldhaguen en Los verdugos voluntarios, con una imagen aleccionadora: Stuttgart, 1942. Una mujer le cede su asiento a una anciana maltrecha. Es un autobús lleno de burócratas que regresan del trabajo. Es un gesto noble de la mujer hacia la anciana.

Sin embargo, enseguida los sencillos trabajadores la emprenden a insultos y amenazas contra la mujer bondadosa. Por el escándalo, el conductor detiene el autobús y echa a la mujer y a la anciana. La anciana llevaba cosida al vestido la estrella amarilla de los judíos. Ninguno de los pasajeros era policía.

Es, a esos ciudadanos anónimos que hicieron, de manera gratuita, la labor de la policía, sobre quienes Goldhaguen centra su exhaustiva investigación. En Travesías (Editorial Pértiga) Antonio Muñoz Molina hace una reseña esplendida del libro de Goldhaguen:

Se suele suponer que los crímenes fueron cometidos por una minoría de individuos uniformados, descontrolados y fanatizados ideológicamente, que no tenían nada que ver con la mayoría de la población, pero éstas no sólo obedecieron, sino que voluntariamente participaron con entusiasmo”.

A esas masas que se adelantaron a las directrices oficiales, Goldhaguen les denomina “verdugos voluntarios”.

Y surgen, primero, mandados.

Ya después, lo hacen solos.