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Cuando en 1994 sucedió una serie de hechos violentos en México, desde el gobierno se intentaron contener los efectos económicos y financieros para evitar que se empañara el sueño salinista de llegar al primer mundo con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Desde el alzamiento zapatista, por supuesto el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, hasta la carta de renuncia del entonces secretario de Gobernación, Jorge Carpizo, todos estos hechos desequilibraron a una economía que estaba prendida con alfileres.

Los golpes políticos en el último año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari no se reflejaban en consecuencias económicas o financieras, porque se usaron grandes capas de maquillaje público, que terminaron por caerse a pedazos tan pronto como entró en funciones el nuevo gobierno del candidato emergente del PRI, Ernesto Zedillo Ponce de León.

Ciertamente, la impericia del nuevo gobierno de entonces provocó que la inevitable caída financiera del país fuera mucho más aparatosa y costosa. Pero que no quede duda que la bomba la plantó y la encendió la administración de Salinas.

Hay que torcer mucho la historia o de plano entender muy poco para no ver las razones por las cuales el Producto Interno Bruto de México se derrumbó 6.3% durante 1995.

No hay manera, si se quiere conservar la sensatez, de comparar la situación económica de México del cambio de gobierno de 1994 con la condición que prevaleció en la alternancia del 2018.

A lo largo de la historia reciente de este país, se han cometido muchas aberraciones en la conducción de la economía y las finanzas públicas, que nos han costado décadas enteras pérdidas.

Pero también se han tomado decisiones que han hecho de la economía mexicana una más resiliente que puede resistir hoy acciones políticas que hace 25 años habrían provocado un desastre.

Pretender descalificar a Ernesto Zedillo como un mal presidente por el desempeño económico de los primeros trimestres de su gobierno habla de un intento desesperado por mantener esa clientela política que se generó tantas esperanzas en la autollamada Cuarta Transformación.

Zedillo heredó una economía quebrada, el presidente Andrés Manuel López Obrador tomó una economía con fundamentos macroeconómicos sólidos, con un tipo de cambio flexible, con un banco central autónomo y con un crecimiento económico que era bajo, pero que hoy ya extrañamos.

Está por demás la discusión si Ernesto Zedillo es un buen economista o si los que acompañan al actual gobierno son buenos economistas, abogados, ingenieros, administradores, en fin.

No hay punto de comparación entre las condiciones de la economía de hace 25 años y las actuales.

Hoy México se puede dar el lujo de las peores decisiones políticas sin que haya mayores sobresaltos financieros.

Sin embargo, los motores económicos sí dependen de las acciones gubernamentales y lo que está claro es que no hay crecimiento y no hay expectativas de que lo haya, al nivel que lo ofrecía el hoy presidente durante su campaña presidencial anterior.

Es prácticamente imposible que el actual gobierno pueda reconocer que muchas de las medidas tomadas tras la crisis, popularmente conocida como la del error de diciembre, permiten que hoy la economía mexicana tenga solidez y estabilidad.