MANUEL AJENJO

Mi amigo Santa Claus (II)

Mi amigo Santa Claus (II)


Sinopsis del capítulo anterior: La madrugada navideña del año que cumplí 9 años comprobé la existencia de Santa Claus y me hice su amigo. Encontré al gordito haciendo pipí en el árbol de Navidad de mi casa. Venía ebrio y siguió bebiendo las sobras de los tragos que los comensales habían dejado desperdigados… Al probar un trago que mi padre dejó a la mitad comentó: ¡Este cabrón es alcohólico! Frase premonitoria porque en marzo del siguiente año papá entró a rehabilitación en un grupo de AA. Yo le pedí un juguete de armar y me dejó una matraca. Un juguete de armar… de armar escándalo, dijo el muy mamila

(Cuento navideño segundo y último capítulo)

Bueno, ya me descubriste, acércate —me invitó— ven conmigo. No me tengas miedo. No soy pederasta como insidiosamente han dicho de mí los ojetes Reyes Magos. Dijo ¡salud! y le dio el último sorbo al vaso con las sobras de papá. Sírveme una igual —ordenó—.

Mientras degustaba su bebida, con la voz arrastrada propia de los que ya están como muelas del juicio: picados y hasta atrás, me confesó su existencia virtual: Existo sólo para los que creen en mí. Por eso estoy aquí. En el momento en que un niño deja de creer, borro su casa de mi lista de visitas y lo que pide corre por cuenta de sus padres.

Le pregunté por qué a los niños pobres, aunque creyeran en él, no les dejaba nada. Eso es cierto —se sinceró—. Lo que pasa es que mi trineo no se desplaza bien por las calles y caminos empedrados o de terracería y los renos que lo jalan se rehúsan a caminar por ahí y mucho menos si hay carencia de luz y abundancia de basura. Son barrios violentos y peligrosos. Sin embargo, cada año, de manera aleatoria, hago unas cuantas visitas a dos o tres colonias populares y ahí les dejo cualquier chingaderita a los niños jodidos. Tal vez me juzgues elitista. Y sí, lo soy, pero comprende: la leyenda dice que entro por las chimeneas de las casas y no es lo mismo tener chimenea que anafre.

Esa madrugada hicimos un pacto. Mientras yo creyera en él me visitaría, en donde yo viviera, todas las madrugas de Navidad, aproximadamente a las 4am. Creí, dado el estado etílico en el que se encontraba al momento del acuerdo, que se le iba a olvidar. Me equivoqué. Desde entonces no ha fallado un solo año. A pesar de que dejé de ser niño, me hice adulto y llegué a la tercera edad, él me trae de regalo cualquier cosa simbólica y yo lo recibo con su trago favorito —como los que se servía mi papá, que en junio del año siguiente desertó de AA y murió de cirrosis hepática 18 meses después. También le pongo una bacinica para que no se orine en el árbol.

Para cumplir con el convenio abandono la fiesta navideña, si soy invitado, o la suspendo, si soy el anfitrión, con el tiempo suficiente para recibir al personaje a solas a la hora acordada en el lugar estipulado.

A pesar de los años no abandona su lenguaje coloquial: Órale pinche culero te noto lento con mi trago —me dice. El gordito —desde que murió mi madre acepta el calificativo sin revirarme— no es proclive a la charla larga. Ando en chinga m’ijo, me tomo la ultimita y me voy a la chingada —me informa.

Sólo dos veces ha sido un poco más expresivo. En la Navidad del 94 me pidió el trago doble y me dijo indignado: Estoy encabronado porque recién me enteré de que el pinche hijo de su pelona, Carlos Salinas, piensa escribir un libro donde me va a hacer responsable del error de diciembre. Otro año llegó llorando. Con el primer trago se tranquilizó y me contó con tristeza: Había estado en un hogar pobre de los que escoge fortuitamente. Ahí un niño menesteroso le había dejado un par de zapatos viejos con una carta que decía: “Querido Santa Claus, aunque sea ponles medias suelas”.

La Navidad del año pasado fue diferente. Para empezar llegó sobrio. ¿La razón? El año antepasado terminó en el Torito. Aunque triste, lo sentí relajado y parlanchín: Ya no hay niños que crean en mí —me expresó apesadumbrado—. Sus propios padres se han encargado de decirles que no existo. Bola de pendejos, prefieren gastar a forjar la ilusión en sus pinches bodoques. Y los pocos chavos que todavía creen en mí me piden cosas raras: un iPod, una iPad, crédito en iTunes, gadgets y una bola de mamadas que desconozco.

Además la delincuencia organizada está cabrona. Son varios los chingaos cárteles que me cobran derecho de piso; si no me pongo con una lana no me dejan trabajar. ¡Ya bailó Bertha las calmadas!

Eso sí, mi imagen seguirá vigente para que me exploten los pinches comerciantes que no creen en mí, sólo en el negocio. Y como no creen en mí, pura madre que me pagan regalías.

Este año no va a venir. Es definitivo. Antes de ayer me envió un e-mail: “Imposible ir a México con la cotización del dólar tan alta y los precios por las nubes. Además carezco de transporte porque durante el año me he ido comiendo a mis renos. Pasado mañana me cenaré a Rodolfo en su jugo”.