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Steampunk
SteamPunk. Foto: DZ.

En busca de un buen café nos adentramos en San Pedro de los Pinos, una colonia de la ciudad de México, tranquila, que remonta su historia a la época de esplendor de México-Tenochtitlan. Todavía existe un pequeño adoratorio del Posclásico, un teocalli, dedicado al dios Mixcóatl. Al llegar los españoles, este paraje bien ubicado de la ciudad fue el lugar ideal para fundar haciendas y ranchos, gracias a la abundancia de madera de pino en la zona y de ahí su nombre.

Frente al parque Miraflores hay un espacio donde el café y las tostadas y paninis son extraordinarios.

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SteamPunk. Foto: DZ.

Encontré una historia curiosa sobre este parque: después de su fundación en los años 50, el tránsito de las calles aledañas solía cerrarse para que los niños jugaran en sus inmediaciones. Un vecino de la colonia donó dos televisores que colocó en lo alto de los árboles para que la gente pudiera ver programas a cierta hora. Al paso del tiempo se quitaron los aparatos y hoy es un sitio con poco bullicio, ideal para sentarse a leer, estudiar, o simplemente contemplar sus alrededores: sus abundantes árboles brindan el escenario perfecto para relajarse después de un día ajetreado, mientras los perros juegan en un pequeño espacio destinado para ellos.

Pero volviendo a la cafetería; parece un museo de estética inspirada en la maquinaria industrial a vapor del siglo XIX. Un mapa del mundo retrofuturista. Mis ojos se engolosinaron, atraídos por el contenido de cada rincón. Es un pequeño espacio de no más de veinte metros cuadrados, con sillas antiguas estilo victoriano y un ciento de cosas hechas a mano por Alfonso Dueña, diseñador gráfico que es el propietario del lugar. Mechanical Wolf ocupa el número #226 en la Av. Dos, ahí en la alcaldía Benito Juarez.

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SteamPunk. Foto: DZ.

Pedimos un café, tostadas de jamón con aguacate y una tarta de chocolate extraordinarias, mientras pasaban los minutos, mi mente me lleva a recordar la película de “La invención de Hugo Cabret” de 2011, dirigida por Martin Scorcese, donde los engranes de los relojes, el pulsar de la maquinarias y la figura de un autómata estropeado, son las figuras centrales.

Mientras mi asombro me lleva a escudriñar cada rincón, a ir revisando cada pieza, me encuentro con los pulpos mecánicos como un símbolo que aparece, incluso en el mural de la pared roja donde descansan libros antiguos, relojes, hasta un batidor de chocolate de esos que se usaban antes, colgado de una pajarera de metal.

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SteamPunk. Foto: DZ.

Es justo cuando leo la palabra “steampunk” cuando comienza el picor que me da cuando no se que significa algo, cuando se abre un apetito voraz para saber de qué se trata.

Al llegar a mi casa comienza la excursión, el viaje a volver a mi niñez, a mi fascinación por Asimov, por Julio Verne, H.G. Wells, Shelley y la ciencia ficción.

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SteamPunk. Foto: DZ.

Mientras hundo mis dedos en el teclado se abre como cada vez, la posibilidad de sorprenderme, de poder recrear imágenes que me sitúen en un escenario donde pueda mentalizarlos; se abre la puerta del camarote del capitán Nemo, comandante del submarino Nautilus, en algún capítulo de Veinte mil leguas de viajes submarinos de Julio Verne. De pronto aparece una tormenta de rayos que cubren la torre, cuando el Frankenstein de Shelley cobra vida. Aparecen las imagenes de “Yo Robot” de Isaac Asimov, cuando en 1950 no se alcanzaba a vislumbrar un mundo que hoy comienza a desdibujarse en las aplicaciones de nuevas técnicas, equipos y logaritmos que han traspasado los muros de lo posible, ofreciendo resultados más realistas y detallados, capaces de permitirnos acceder a mundos paralelos, inmersivos y envolventes desde una consola o en la pantalla de cine.

Aparece una imagen del Viaje a la luna de Georges Méliès, quizá has visto la imagen redonda de la luna con un cohete incrustado en un ojo, que también fue el aporte cinematográfico del que bebe el movimiento cultural del steampunk, llamado así en 1987 por Kevin Jeter.

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SteamPunk. Foto: DZ.

Esta forma artística abrazó la mitad del siglo XIX, en un momento en que la Revolución Industrial se encontraba en su apogeo. Cuando se usaba el agua convertida en vapor para dar movimiento a las cosas, cuando la sociedad europea tomó el rumbo capitalista, febril y consumista.

Así en paralelo, se abrió un mundo ficticio donde se regocijaba la mente, entre engranes y aparatos que viajaban a la luna o al fondo del mar. Donde las obras temáticas, mostraban tecnologías anacrónicas o invenciones futuristas, desde la perspectiva victoriana.

La sociedad en aquel tiempo abrazó un camino científico, depositado en pos de la ciencia consumista y la tecnología, donde la oferta ofrecía una vida en el mundo, cómoda y emocionante, que heredamos. Fue el paso a descubrir el petróleo y el comienzo de la explotación de los recursos a mansalva.

El ir desmenuzando la información que encuentro, me hace darme cuenta como su impulso nos trajo hasta aquí. Hay una apuesta en lo científico, un anhelo que traspasa a la capacidad, que realmente tiene la tecnología y, es que acaso pensamos que esta nos salvará del embrollo en el que estamos metidos.

El movimiento dibuja ideológicamente la crítica a la sociedad consumista y capitalista, queriendo concienciar de ello especialmente a través de la tecnología y de todo tipo de objetos cotidianos. Así pues, quiere convertir no sólo en objetos de una sola utilidad, que cada vez en menos tiempo se estropean, sino que además sean piezas decorativas o incluso artísticas.

Da un valor fuerte a las creaciones artesanales por encima de las producciones industriales, a lo hecho por uno mismo, a las conversiones de las producciones industriales en personales, y decorativas/artísticas y en lo vintage.

Así los sueños futuristas son un retazo de la memoria colectiva que se hace lectura, arte, y evoca las entrañas de una comunidad, que busca en el tiempo por delante, bálsamos mecánicos que nos saquen del aburrimiento; del letargo.

Entre cacharros, dibujos, cine y en palabras escritas, se imprime la historia que dejamos, traducida en anécdotas decoradas.

Nos revestimos de un espacio imaginario que sella nuestro paso por el tiempo, visiones de futuro generadas en el pasado, tocando los lugares sensibles de nuestra memoria, para traerlos al presente.

Sin duda ya era fan del movimiento sin conocerlo, me apasiona la ciencia ficción desde que tengo uso de razón. Regresaré a la pequeña cafetería a tomarme un café en vaso de vidrio y portavasos de madera, jugaré con el menú, recorriendo mis dedos por las engranes ensamblados, y recordaré que en este lugar, mi mente se llenó de asombro y del gusto por seguir aprendiendo.

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195