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Ayer conmemoramos 100 años del asesinato del general Emiliano Zapata. Hoy lo recordaré, para lo cual recurriré, principalmente, al libro de John Womack, Jr. Zapata y la Revolución Mexicana, un estudio profundo e imparcial del fenómeno social que encarnó aquel al que sus enemigos llamaron “El Atila del Sur” y sus aliados e incondicionales “El Caudillo del Sur”.

Para hacerlo invito a lectoras y lectores a situarnos en los años 1915-16 cuando en el país tronaban los chicharrones de don Venustiano Carranza que nunca puso sus barbas de chivo a remojar cuando vio las de Bernardo Reyes, Madero y Pino Suárez pelar.

Estamos en la época en la que los hombres de la facción revolucionaria triunfadora, aquellos que lucharon del lado del Primer Jefe se dedicaron al saqueo, razón por la cual, el ingenioso pueblo mexicano creó el verbo “carrancear”, sinónimo de robar. Del verbo robar, a su vez se derivó el adjetivo robolucionario. Cada quien carranceaba según hubieran sido sus méritos robolucionarios.

El encargado del Poder Ejecutivo, Venustiano Carranza, nombró al general Pablo González, Jefe de la Policía del Distrito Federal. En realidad, González era un mediocre militar. El único divisionario carrancista que jamás había ganado una batalla. Carranza lo había ascendido porque necesitaba un general al que él pudiese controlar para hacerle contrapeso al general Álvaro Obregón, el Manco de Celaya, al cual el Barón de Cuatro Ciénegas nomás no le hallaba el modo.

Siendo el general González encargado de la seguridad en la capital de la República, fue cuando surgió la temible Banda del Automóvil Gris, capitaneada por el español Higinio Granda. Aunque se llegó a decir que los ladrones eran protegidos por González. No por nada varias valiosas piezas de joyería de las sustraídas por los ladrones del automóvil eran regalos que después lucía la tiple Mimi Derba, novia del general invicto al revés. La señora Derba era de las vedettes más famosas de su tiempo, el poeta Alfonso Camín le dedicó este verso: “Mimí Derba, Mimí Derba/ con tres partes de Afrodita/ y una parte de Minerva”. El que pergeña estas líneas dedicó algo similar a una vedette de petatiux, de moral relajada a la que nombrábamos Lulú Derba: “Lulú Derba, Lulú Derba/ no se parece a Afrodita/ mucho menos a Minerva./ Mas le gusta la copita/ y por supuesto: la juerga”.

El lector que ya conoce mi querencia a la disgregación sabe que así como me salgo del tema regreso. Así que ya estoy de vuelta. El escándalo de la Banda del Automóvil Gris se hizo tan grande que don Venustiano relevó a González como encargado de la seguridad capitalina y lo envió a Morelos donde Zapata desafiaba a la autoridad constitucionalista. Ahora González se propuso cumplir su “supremo deber y decidido propósito”: el restablecimiento  del “orden y el progreso en todo”. A fin de llevarlo a cabo se portó de singular manera, para ser un revolucionario constitucionalista.

Lo que González vigiló, a manera de constitucionalismo en la práctica, fue el saqueo de Morelos. Excelente botín: Madera, cultivos, ganado, azúcar y alcohol; las máquinas de la molienda y los materiales que los zapatistas tuvieron que abandonar: locomotoras, furgones, cañones y municiones, con todo arrearon los constitucionalistas a los que los morelenses les pusieron el remoquete de “consusuñaslistas”.

Como Zapata sólo veía el problema de la tierra, poca y mal repartida, del estado de Morelos, no percibió, cosa que sí hizo Carranza, la importancia de una Carta Magna que rigiera las relaciones obreros patronales, las cuestiones agrarias, la dimensión social de la propiedad privada y la pertenencia a la nación de sus riquezas naturales. Poco le importaron a Emiliano las elecciones que hicieron de don Venustiano presidente de la República por el periodo del 1 de mayo de 1917 al 31 de mayo de 1920.

El periodista estadounidense William Gates escribió un artículo titulado “Los cuatro gobiernos mexicanos” en el que enfatizó que sólo Zapata tenía la “sincera intención” de devolverles las tierras a “los indios”. Lo expresado por Gates fue un acicate para que Carranza considerara a Zapata su enemigo.

Un incidente entre el general González y su subordinado el coronel Jesús Guajardo, provocó que éste fuera arrestado. Zapata creyó que las diferencias entre González y Guajardo eran irreconciliables, razón por las que Emiliano invitó al constitucionalista, mediante una misiva a unirse a “nuestras tropas, entre las cuales será recibido con las consideraciones merecidas”.

La carta no llegó a Guajardo, llegó a González y éste urdió un plan para hacerle creer a Zapata la deserción de Guajardo quien en prueba de buena voluntad, de común acuerdo con González y con don Venus, le regaló a Emiliano un caballo llamado “As de Oros”. Por su parte Zapata le pidió al coronel gonzalista, como prueba de que su deserción era cierta, que aprehendiera y pasara por las armas a 50 efectivos zapatistas que se habían sumado al constitucionalismo.

Acompañado por una escolta de diez hombres Emiliano Zapata Salazar entró a la Hacienda de Chinameca, Morelos, el 10 de abril de 1919 a las dos de la tarde con 15 minutos, en ese momento el ordenanza tocó su clarín llamando a honores. Esa era la señal para que los artilleros escondidos en las azoteas, cerca de mil hombres abrieran fuego contra el más mitológico de los hombres de la Revolución Mexicana.