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El asalto al Capitolio de la capital de Estados Unidos, independientemente de sus consecuencias formales, nos ha confirmado algo ya sabido desde la elección de Donald Trump a la presidencia de la República: la progresiva degradación social y política americana.

Confiados en la palabrería populista de un demagogo ajeno a la cultura, ejemplo de las peores conductas en el rapaz empresariado americano; tramposo, fullero, encantador de idiotas, hipnotista de multitudes irreflexivas y con poca instrucción, Trump –como todos os populistas—hizo del atropello a las instituciones el cimiento de su castillo de arena.

La proclama, la arenga a sus hordas para asaltar el Capitolio e impedir el final del proceso sucesorio en la antiguamente admirada democracia, fue tan grotesca como falsa su petición de regreso al hogar una vez impedida la sesión; tan cínica como la orden al vicepresidente Pence para anular la veracidad del conteo, empujar una nulidad electoral y entorpecer la historia.

Primero azuzó a los enloquecidos y después hizo como si le importara el fin del escándalo, pero insistiendo en la patraña del robo electoral y dando instrucciones en contrario. Algo de eso nos suena conocido a muchos.

Trump obtuvo ayer la peor de sus ganancias.

De un manotazo derribó el respeto tradicional de los americanos por su Constitución. Pero ningún intento golpista puede doblar las instituciones americanas. Por eso Pence lo contradijo y se rehusó a conculcar el proceso.

Mucho deberá trabajar los nuevos dirigentes para reconstruir el tejido social después de esta estúpida polarización, en un país donde todavía algunos sostienen el sueño confederado..

Su insistencia ayer por la tarde en haber sido víctima de un fraude, se parece mucho a un episodio vivido en México hace no muchos años, cuando Andrés Manuel López Obrador también se inconformó por un resultado comicial y soltó a sus devotos a las calles, ocupó el Palacio Legislativo y a punto estuvo de interrumpir el proceso constitucional.

Aquella no fue una crisis constitucional; fue una crisis electoral. El actual presidente, siquiera, lo hacia desde la trinchera opositora, no –como en este caso–, desde la Casa Blanca.

Un golpe parlamentario desde fuera puede ser condenable o no. Es un recurso final en la lucha por el poder. Pero destruir un sistema desde el poder es abominable. Es una verdadera traición a la patria. Así lo creyeron, entre otros, los mexicanos del XIX, cuando calificaron de ese modo a Don Agustín de Iturbide. Y perdón por la digresión en este año del bicentenario independista.

Esta intentona, la de Washington en su mejor remedo de una provincia bananera, a la cual sólo le faltaron los caballos del Barzón; los anarquistas en las calles, los camiones en llamas y todo el elenco de nuestra izquierda, no sabemos hasta donde vaya a llegar el día de hoy.

Joe Biden, obviamente, ocupará la oficina oval. Y Trump le pedirá prestada su finca de Palenque a su amigo López Obrador. Allá se irá, pero no por mucho tiempo.

Si la rabia se acabara con el perro muerto, ya no habría rabia en el mundo, pues muchos canes hidrófobos han muerto y el mal sigue. Así, el “trumpismo” sobrevivirá a este episodio y si no renace de su vergüenza con el hombre del cabello zanahoria, sí lo podrá hacer con alguno de sus fanáticos seguidores. Como se quieran ver las cosas a Trump lo respaldan sesenta o setenta millones de votos. Y de devotos.

Las imágenes del vandalismo quiebra cristales, la toma de oficinas, el despliegue de furia en las escalinatas, la prudencia policiaca en la contención y finalmente la llamada de auxilio a la Guardia Nacional, trasplantan las imágenes nacionales a la sede del imperio.

Tirado a la bartola un ñerazo disfruta del sillón y la oficina de Nancy Pelosi. Otros rompen los ventanales con garrotes. Unos más empujan a los guardias y una señora es llevada al hospital con un tiro en el cogote.

–¿Managua, Tegucigalpa, La Paz, México? No. Washington.

Los métodos políticos mexicanos ahora ya son materia de exportación.

OSCAR

Murió anteayer Oscar Delasse Avellana.

Experto en asuntos de seguridad nacional, pieza fundamental en la construcción del ya desmantelado CISEN, director de Investigaciones Políticas y Sociales de la Secretaría de Gobernación (el secretario era el voltaico Manuel Bartlett), amigo desde la temprana juventud.

Muchas cosas recuerdo de Oscar, pero de entre todas ellas, una memorable: me llevó a la casa de Luis Buñuel, quien era su vecino.

Descanse en paz.

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