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La familia como nuestra base para partir o quedarnos, el lugar seguro para volver cuando sea necesario, las imperfecciones más comunes y gratificantes en un grupo de personas que están a nuestro lado en las malas, en las buenas y en las etapas que ni nombre tienen.

La familia como la que tiene contradicciones y risas, la que tiene silencios y discusiones, la que se abraza cuando acaba el día y la que lucha por salir adelante a costa de todo.

Todas fotografiadas de distintas maneras, unas como la imagen más tradicional de un hombre, una mujer y dos hijos, otras con un solo hijo, otras sin hijos, unas más con mascotas, otros que ni siquiera tienen la misma sangre pero que se han juntado y han resultado ser familia.

Todos venimos de una o nos hacemos de una, hemos nacido para estar en tribu sea cual sea el nombre. Necesitamos el resguardo, la inspiración, la motivación, las diferencias y sobre todo el amor.

Las familias ucranianas han comenzado a romperse desde hace una semana, los hombres han tenido que montar a los suyos en camiones, camionetas y trenes para protegerlos de los bombardeos, del hambre y de todo lo que puede resultar una guerra.

Las imágenes que hemos visto durante estos días han sido desoladoras. Los niños en brazos de la madre, los pequeños mirando por las ventanas mientras dejan a su padre atrás, la niña que llora mientras el padre la despide antes de subirse al tren.

Todo nos rompe, a la distancia y con la lejanía de una situación de conflicto de esa magnitud. En nuestra humanidad el corazón se va coartando, porque lo que pasa en el mundo también duele y hiere.

La cobertura fotoperiodística a la que tenemos acceso y los propios ciudadanos que han comenzado a compartir su experiencia, es para cuestionar el poder y enlazarnos, al menos, energéticamente con todos estos rostros que bajo lágrimas dejan sus vidas en un lugar que seguramente será devastado y quedará en ruinas.

La familia se va, mientras el padre se queda. Las parejas se separan, los hijos dejan sus juguetes, las mujeres emprenden un viaje de crianza solas y sin armas necesarias para enfrentar su propia guerra con la vida.

Los hombres se quedan confiando que en su genética podrán luchar contra un ejército ruso o serán capaces de defender sus hogares para que un día, sus familias puedan volver.  Aunque la realidad es que están muertos de miedo por dentro y sus ojos llenos de lágrimas al girar y emprender camino a lo que todavía es su casa.

La guerra no solo es la lucha de poder entre dos o más potencias, sino un montón de historias de familias rotas y muertes innecesarias. Los edificios destruidos son el preámbulo de las ruinas internas en cada uno de estos hombres, mujeres y niños.

Los trenes van llenos de valentía y de tristeza.

Los eslabones se rompen y las nuevas generaciones comienzan a engendrarse en medio de la urgente necesidad de vivir.

En la foto, la mujer sabe el valor de que su marido se quede pero se rompe en pedazos, el amor de su vida está frente a ella y quizá sea la última vez. Su hijo de meses de vida, pareciera entender que es una despedida, un final, un hasta aquí, un “me voy papá”. La mujer que pareciera su suegra, por el parecido con ella, lo mira con susto, como si estuviera en un estado de shock.

Él se queda, todos se van.

Laurence Geai, de la agencia Myop hace una cobertura tan sensata como real de todo lo que sucede alrededor de bombardeos, edificios destruidos y cuerpos muertos. Más de un millón de personas han salido de Ucrania, y las que faltan.

La vida misma se rompe y muchas veces, nunca vuelve a unirse.

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Foto de Laurence Geai, de la agencia Myop.