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Apenas puedo imaginar las consecuencias de la presidencia de Donald Trump. No veo frente a nosotros sino una sacudida catastrófica de todos los supuestos en que se finca la democracia americana y su relación con el mundo.

Para México, el riesgo es inminente y directo, pues ha sido una pieza capital en las amenazas de Trump.

Pero México será solo un episodio en la oleada global de incertidumbre y desconfianza. El efecto en los mercados es ya impresionantemente negativo en la noche misma de la elección. Su efecto en las redes del poder mundial no puede imaginarse con exactitud, pero puede anticiparse como del más alto riesgo.

Las consecuencias para la sociedad estadunidense son también graves. La elección le ha dado el poder a un personaje que desborda con sus posiciones extremas todos los supuestos de la pluralidad democrática de su país.

No es el presidente un poco más conservador o un poco más liberal que producen previsiblemente las contiendas democráticas. Es un extremo desviante de la cultura política estadunidense, que ha pasado de un golpe al centro del poder.

La elección de ayer presentaba de por sí el trasfondo de una sociedad dividida, polarizada. Parecíamos estar en el trance de que la sociedad tradicional blanca estadunidense dejara el mando político de la nación a la sociedad plurirracial y pluricultural que  ha criado en su seno durante las últimas décadas.

La contienda era también entre el polo globalizado y liberal de la sociedad blanca y su polo conservador, provinciano y poco educado, lesionado en su nivel de vida y en sus expectativas de futuro por el libre comercio y la globalización.

Era la contienda de los estadunidenses que encabezaban el camino hacia la modernidad y los estadunidenses que se habían quedado atrás de ella.

La contienda histórica y la contienda electoral se han resuelto en lo que podría ser el primer paso de una tragedia norteamericana, si no de una tragedia global.

La nación dividida que nos mostraban las encuestas decidió elegir para que la gobierne, en este momento capital de su historia, al más amenazante sus personajes: un demagogo xenófobo, sin la menor experiencia de gobierno, y con la más inquietante colección de soluciones discriminatorias de que tenga memoria la democracia moderna.

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