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En su columna ‘Caja Fuerte’ de ayer, Luis Miguel González, Director General Editorial de El Economista, nos pidió olvidarnos momentáneamente del ‘racimo de temas calientes’ que tenemos en México, para ver la tragedia humanitaria que sufre la India. Como estoy en campaña para lograr un aumento de sueldo le haré caso a nuestro Director.

La República de la India -su nombre oficial-, es una república federal ubicada en el sur del continente asiático, es el segundo país más poblado del planeta. La democracia parlamentaria es su sistema de gobierno. Ocupa, mundialmente, el séptimo lugar en extensión territorial. Es uno de los 10 países que poseen arsenal nuclear y, ¡oh paradoja!, es el mayor productor de las vacunas que consume el mundo.

La pandemia del Covid-19 en la India, alcanzó su punto máximo –o al menos eso creyeron en ese momento- en el mes de septiembre del 2020. Los casos diarios disminuyeron de manera constante. La aparente disminución de contagiados en febrero parecía tan exitosa que la población relajó las medidas de seguridad como el uso del cubrebocas y la sana distancia. En plena ola de optimismo, el ministro de sanidad Harsh Vardham, declaró, al comenzar marzo, que estaban “en la etapa final” de la pandemia.

Lo malo de creerles a los políticos es que suelen equivocarse. A partir de su declaración los casos comenzaron a aumentar de manera acelerada. A final del mes el número de muertos y de contagiados diarios era seis veces más que al principio. Este aumento exponencial, esta segunda ola, ha continuado con mayor velocidad.

Según CNN en español, la crisis se agravó por la lenta respuesta del gobierno central, el primer ministro, Narendra Modi, permaneció sin decir una sola palabra sobre la situación hasta hace pocos días. Apenas la semana pasada Modi rompió el silencio, en un mensaje a la nación reconoció lo urgente de la situación y emitió una serie de medidas de emergencia para aliviar la carga sobre los estados y los hospitales. Pero para entonces, dicen algunos críticos, el daño ya estaba hecho.

El pasado lunes la India registró 352,991 nuevos casos y 2,812 muertes causadas por el virus. En sólo tres días se han registrado un millón de casos nuevos. En la última semana casi 28% de todas las muertes por Covid-19 en el mundo provinieron de la India.

En los hospitales hay un médico para 200 enfermos. Ocupadas todas las camas de cuidados intensivos, si alguien tiene la buena suerte de encontrar una desocupada, el hospital lo admite únicamente si el enfermo lleva su propio oxígeno. Este elemento químico sólo es posible conseguirlo en el mercado negro a precios inalcanzables para la mayoría de la población hindú. Además no hay suficientes pruebas para detectar los casos de covid-19, sobre todo en la áreas rurales.

Las imágenes son desgarradoras. Las personas mueren en la calle ante el llanto impotente de sus familiares. En terrenos baldíos, dentro de las ciudades, se han improvisado hogueras donde los muertos son incinerados.

Pero si ya la crisis alcanzó niveles de espanto, imaginémonos lo que puede ocurrir si se cumplen las predicciones del Instituto de Métricas y Evaluaciones de la Salud de la Universidad de Washington que vaticinan 13,000 muertos diarios, más de cuatro veces el número de los que mueren ahora. Sólo en un mes morirían 390,000 personas.

Si los números de la segunda ola son aterradores, las imágenes –pueden verse en YouTube- son dolorosamente humanas. Al verlas me vino a la memoria –y la encontré entre mis desordenados libros- una poesía del inglés John Donne (1572-1631) cuyo fragmento final transcribo:

‘Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque me encuentro unido a toda la humanidad. Por eso, nunca quieras saber por quién doblan las campanas; ¡están doblando por ti!’