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Donald Trump insiste en que la Suprema Corte de su país revierta la enmienda catorce de la Constitución de los Estados Unidos, que es la que otorga a todo ser nacido en su territorio la ciudadanía, por el principio latino del Ius terris , el derecho que da la tierra donde tu madre decidió parirte o donde la circunstancia impredecible dictaminó así, a la ciudadanía y la jurisdicción de los Estados Unidos y el estado de tu residencia.

El 20 de enero de este año, en uno de los decretos que dispara el pelipintado a la menor inspiración divina que le invade, pretende que ese derecho de la tierra se modifique en razón del Ius sanguinis, derecho de la sangre de los padres del nacido en los Estados Unidos. Según Trump, los nacidos en su territorio no tienen derecho a ciudadanía por nacimiento, si el padre no es ciudadano del país o residente permanente con papeles,  o la madre no se encontraba residiendo legalmente en el territorio.

Esa triquiñuela deja claramente establecido que si la madre está en el momento del parto con una visa de estudiante, turista o en proceso de asilo humanitario, su hijo o hija se tendrán que ir con sus pañales a otra parte.

El principio de ciudadanía norteamericana, enmienda de 1868 a la Constitución, ha atravesado por una evolución singular: primero acabó con la discriminación de los esclavos, que un año antes no tenían derechos constitucionales. En el camino, quedaron las restricciones a los descendientes de negros, chinos, de tribus rebeldes o de grupos de insurgencia. Sigue vigente que los nacidos en territorio norteamericano, hijos de diplomáticos extranjeros o de nacionales de paises enemigos, no pueden ser ciudadanos. Como dice Donald Trump en su texto introductorio del 20 de enero, se trata de un privilegio precioso. Sin duda lo es. Pero la intención de Trump no solamente se nutre de sus personales prejuicios en contra de los inmigrantes de todos los confines del mundo, que han sido la raigambre de la grandeza de los Estados Unidos: contradice los principios de la democracia americana, que ha sido inspiración para todo el continente.

Estoy cierto de que la Suprema Corte de los Estados Unidos no comulgará con esa piedra de molino que quiso meter -como tantas otras- Donald Trump a  los cimientos de la institución americana. Jueces de instancias menores ya han levantado su voz. De cualquier manera, el presidente del país más poderoso del mundo está tratando de cambiar el orden universal.

Comenzando por su país.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Aunque desde Washington lleguen elogios melosos a la wonderful woman que la señora Presidente Sheinbaum es, doña Claudia debe tener presente que sus tribus en Morena no son la estructura monolítica que le vendieron a Andrés Manuel, y que su poderoso hijo está minando desde la secretaría poderosa de afiliación de Morena. No se trata del desdén a la señora Presidente en el Zócalo. Va más allá: la urdimbre de poderes paralelos.

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