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Un poco antes del mediodía del sábado se dio la noticia de que Joe Biden superó la barrera de los 270 votos en el Colegio Electoral para convertirse en el cuadragésimo sexto presidente de Estados Unidos. La senadora Kamala Harris, no sólo será la primera mujer en ser vicepresidenta, sino también la primera afroamericana, la primera de origen surasiático y la primera hija de migrantes, madre hindú y padre jamaicano, en hacerlo.

Mientras jugaba golf en Virginia, Donald Trump se enteró del triunfo demócrata en Pensilvania lo que, en automático, convertía a Biden en el ganador de la elección. Imagino que en ese momento la distorsionada mente del hombre anaranjado pensó que la blanca pelota con la que se juega este deporte era la cara de Biden y la golpeó tan fuerte que hizo un OB, es decir sacó la bola fuera de los límites del campo.

Y fuera de los límites de la mesura y la razón, Donald Trump se manifestó no sólo como un mal perdedor, sino como un enfermo psicótico cuyo cerebro sufre un desorden que no le permite percibir adecuadamente la realidad. Aún sabiendo los números que marcan su derrota electoral se atrevió a tuitear: “todo mundo sabe por qué Joe Biden se está apresurando a posar falsamente como el ganador y por qué sus aliados en los medios están intentando con tanta fuerza ayudarle: no quieren que la verdad sea expuesta”.

Recordemos que Trump había anunciado durante su campaña para la reelección que no aceptaría una derrota. Lo que aparentaba ser únicamente retórica electoral, al parecer puede convertirse en realidad en vista de que el magnate, no sólo se niega a reconocer el triunfo de Biden, sino que argumenta que la elección “está lejos de haber terminado” y que interpondrá recursos legales para disputar el resultado de la misma. Esto ha generado algo inédito y peligroso en la historia de Estados Unidos. Biden ganó por 75 millones de votos populares, cuatro millones más de los que obtuvo Trump; lo que indica que existen poco más de 70 millones de ultraderechistas, neofascistas, supremacistas blancos, fanáticos de Trump, que están dispuestos a llevar las cosas hasta donde su líder les proponga. De hecho en algunos estados los apasionados partidarios del trumpismo ya salieron a las calles voceando la consigna: “Alto al robo”.

A lo anterior habrá que sumar que faltan poco más de dos meses para que Donald Trump deje de ser presidente. Tiempo suficiente para que el empresario que tiene ese carisma diabólico, semejante al de Charles Manson y Keith Ranierie, que ejerce una fascinación irrefrenable entre la parte enferma de la sociedad estadounidense, si se lo propone puede causar mucho daño al país que mal gobernó.

Inclusive en el portal de noticias de la BBC News, la redacción contempla la posibilidad de que Donald Trump se aferre al poder y no abandone la Casa Blanca el próximo 20 de enero. Hipótesis incluso comentada por Joe Biden en un programa de televisión cuando el humorista Trevor Noah le preguntó si había pensado en la posibilidad de que un Trump perdedor se negara a desocupar la residencia presidencial. “Sí lo he pensado” –respondió Biden y explicó que lo mandaría desalojar por las fuerzas militares.

Por ley, el Servicio Secreto tiene la obligación de custodiar a los expresidentes cuando dejan la Casa Blanca. Se me ocurre que esta institución podría formar una brigada de psicólogos y psiquiatras que al término de su mandato escolten a Donald directamente y sin escalas a un manicomio. Para no herir la megalomanía del exhuésped de la mansión de la avenida Pensilvania, el manicomio deberá llamarse: “Laugh House Trump”. (Casa de la Risa Trump).

Meme

Trascendió que Melania Trump le pidió a Angélica Rivera el número telefónico del abogado que la divorció de Peña Nieto.