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Vivimos tiempos de desencanto. Los vivimos en México. Se viven en otros países. El desarrollo tecnológico, aunado a cambios demográficos y un magro crecimiento económico, ha puesto en crisis los esquemas verticales de poder. Hoy, el poder se encuentra más disperso y la credibilidad de las grandes instituciones está en duda.

Los bajos niveles de confianza en las instituciones favorecen la indiferencia o el extremismo políticos. Estas actitudes y la dispersión misma del poder conllevan importantes limitaciones para la toma y ejecución de decisiones. El Estado está hoy más acotado que nunca.

Por ello, al estudiar estas tendencias, Moisés Naím argumenta en su libro más reciente que estamos ante El fin del poder (Debate, 2014).

El Pacto por México le dio al Estado mexicano una enorme capacidad para impulsar reformas que en otras condiciones hubiesen sido irrealizables. Mientras el Pacto duró, el Estado lució fuerte y el gobierno con gran iniciativa.

La muerte del Pacto y la sacudida que el país ha tenido a partir de los trágicos eventos de Iguala agudizaron el desencanto con las instituciones y pusieron al descubierto las limitaciones para el ejercicio del poder.

Un ejemplo nítido de esto es el ataque reciente al cuartel militar en Iguala. Irrumpir violentamente en instalaciones de seguridad nacional y agredir a personal militar son acciones radicales bajo cualquier criterio.

Este extremismo en la acción política ya no sorprende. Más aún, para algunos parece ser una acción justificada y hasta legítima. Lo que sí sorprende es que ante ese ataque la respuesta oficial no sea detener sino invitar a los agresores a inspeccionar el cuartel.

La respuesta del gobierno refleja, en realidad, un cálculo realista. No solo porque hay una decisión de no caer en la provocación, sino también porque sus márgenes de maniobra no dan para mucho más. Ese es el límite de su poder.

En tiempos de desencanto, de incredulidad en las instituciones y de una creciente tolerancia social al extremismo, una confrontación con un grupo, con una fuerza de choque real, cualquier gobierno, y ciertamente el nuestro, tiene muy acotadas sus posibilidades de respuesta.

No estamos, por supuesto, ante el fin del poder. Pero sí ante un escenario nuevo en el que su ejercicio está cada vez más limitado, con todo lo bueno y lo malo que esto implica.