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No solo es el gobierno o quien llegue a él, no solo es que algo nos moleste o se nos cruce en el camino, no es una simple imagen donde una mujer se enfrenta a la pantalla del celular de un desconocido.

Todo parece que vivimos tiempos de odio, en donde gritamos, escupimos, aborrecemos y lo gritamos sin descanso.

Las causas son interminables y son tan válidas una como la otra, pero la exigencia de respeto o de una verdad suspendida en archivos de investigación solo orilla a maldecir todo y a todos.

No basta con vivir en una época con tantos y diversos canales de comunicación para expresar, no es suficiente el diálogo y la propia evolución del ser humano para entablar una vía de comunicación para conciliar y llegar a un acuerdo o acciones por hacer.

No ha sido suficiente nada, porque día con día se cimienta el odio y la violencia en general. El acoso visual donde aparecen personas desconocidas con un teléfono inteligente en las manos para grabar la furia y el impulso de defensa de quien es grabado.

La fotografía que hoy vemos es de la fotoperiodista Berenice Fregoso del diario El Universal, en el momento en donde se enfrentaron un grupo de mujeres que se presentaron con cartulinas acusando a Porfirio Muñoz Ledo de acoso contra los simpatizantes del mismo.

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Foto: Berenice Fregoso / El Universal.

El lugar fue afuera de las oficinas del partido Morena en la colonia Roma de la Ciudad de México. Las mujeres se autodefinieron como feministas y su intención era suspender que Muñoz Ledo tomara la dirigencia nacional del partido.

Unos tenían como objetivo que se tomara la batuta del partido político y otros no. Los mensajes escritos en cartulinas de colores con consignas como “Porfirio las niñas no se tocan, aquí no entran violadores o yo te creo hermana”.

Y más allá del tema político, y de las opiniones personales, lo que vemos es un retrato que transmite la temperatura del momento, la calentura de los enojos, el morbo de los de afuera que pareciera que disfrutan como cual vil televidente frente al televisor.

El que graba y la que grita, o si lo quiere ver de otra manera, la que se defiende y el que abusa por sentirse más fuerte por tener un teléfono y grabar.

Un metro de distancia entre dos bocas tapadas por cubrebocas quirúrgicos o de uso médico, una que bloquea el acceso y otro que pareciera que quiere entrar.

Dos mujeres atrás que atestiguan de manera simbólica con sus rostros cubiertos, como si en cuestión de segundos ellas fueran las que enviaran la señal de que todo se encienda.

Aunque para ser honesta, ni la mujer que está sobre el barandal con una máscara de muñeca o la que está debajo de blusa de rayas horizontales con una mascada color morada, parecen a las mujeres aguerridas que salen a las calles a defender el feminismo con puño y voz.

Solo ellos sabrán si fue “puro show” pero lo que se ve es un reflejo de lo que vemos a diario, hombres y mujeres que no saben conciliar, que se dejan retratar, grabar o mirar por los morbosos y camarógrafos de teléfono celular.

Berenice se coloca en el mejor lugar para captar una discusión, justo en medio de las dos partes que se gritan y se calientan. Ella dispara su cámara esperando que pase algo más, pero no sobre pasa mas que a cada quien se vaya a su casa y mañana intentar de nuevo.

De la serie de varios fotoperiodistas que estuvieron allí, esta imagen me pareció la que más transmitió la postura y la avalancha verbal.

Me bastó ver la galería de imágenes en Latinoamérica y ver que el enojo está en todas partes, como en Argentina, Chile, Estados Unidos, México. Pareciera que nos encendemos porque los únicos mensajes que vemos son de buenos y malos, de pobres y ricos, de quien roba y quien quiere hacernos creer que no robará.

Los mensajes divididos esto es lo que nos deja, documentos visuales que van subiendo de tono y rompiendo distancias. Aquí fue de un metro, pero mañana no sabemos si será cada vez menos hasta los enfrentamientos físicos, la intervención de la policía, los golpes y los heridos.

Ojalá aprendiéramos a dialogar, ojalá.