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Escuchamos por fin al secretario de Educación, Emilio Chuayffet, hablar largo y claro, poniéndose en público al frente de la reforma fundamental que está en sus manos.

Chuayffet dijo cosas sencillas y fundamentales. Primero, que la reforma educativa dará frutos en el tiempo, no mañana. Segundo, que el éxito de la reforma depende de los maestros, sus actores centrales, no de los expertos o de las autoridades. Tercero, que la reforma educativa es prioritaria y no tendrá marcha atrás.

De pasada, soltó un mensaje político: la SEP no hablará sino con el SNTE, su interlocutor legal.

Desde que empezaron sus adversidades en el otoño del año pasado, el de Peña Nieto ha sido un gobierno mudo. No da la cara sino bajo presión extrema. No pelea en los medios, no defiende ni explica lo que está haciendo. No hace lo que hizo ayer Chuayffet, con buen efecto.

El efecto, sin embargo, se perderá mañana si el secretario no reincide y vuelve a tomar la iniciativa en el debate. Porque el país está en medio de un debate arrebatado que el gobierno va perdiendo por aclamación.

Hablamos del mismo gobierno que ha puesto en la mesa el paquete de reformas más ambiciosas de medio siglo. Empiezan a aparecer muestras tímidas de sus bondades, pero sus frutos largos llegarán con el tiempo, no mañana.

Mientras tanto hay que gobernar. Lo que hemos visto en estos meses de adversidad política es un gobierno mudo, sin garra para darle la cara al público y defender y explicar lo que hace.

Dada la realidad mercurial y agresiva de los medios, si el Presidente y sus ministros quieren tener una oportunidad de ser oídos, tienen que hablar, porque no hablan. El gobierno tiene que gobernar hablando, de cara al público.

Distintos secretarios han tenido en estos días el impulso de ser parte de la discusión. Si creen que han sido oídos, y que su esfuerzo terminó, se equivocan, por la vieja razón del temible presidente Truman: “Si quieres ganar las ocho columnas, tienes que repetir lo mismo ocho veces”.

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