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Las elecciones mexicanas son cada vez más el espacio de las alianzas, un extraño reino de minorías grandes y pequeñas que no pueden competir solas, y se alían para reforzarse.

Nuestras elecciones son cada vez más el reino de la alianzocracia.

Es un síntoma más de la fragmentación característica de nuestro sistema de partidos que genera gobiernos débiles y mayorías minoritarias, dignas, en realidad de un régimen parlamentario.

Pero el mexicano es un régimen presidencial y el problema que debe resolverse es doble: de un lado generar mayorías absolutas en las elecciones, del otro producir gobiernos con mayoría absoluta en el Congreso.

Lo primero puede conseguirse con la segunda vuelta, pero es imposible que se consiga lo segundo sin que medie alguna forma de acuerdo gubernativo entre las distintas fuerzas.

La Constitución prevé ya la figura de los “gobiernos de coalición”, mediante la cual un candidato triunfante en las elecciones puede pactar con sus opositores las alianzas necesarias para tener en el Congreso la mayoría absoluta.

El gobierno de coalición tiene la virtud para el público de que es un pacto abierto entre fuerzas políticas distintas que están sin embargo dispuestas a un programa de gobierno común.

Como bien ha señalado María Amparo Casar en su artículo de Excélsior del pasado miércoles, esta figura de la coalición de gobierno es la pareja institucional lógica tanto de la fiebre de alianzas que gobierna las elecciones, como de la segunda vuelta, que podría dar un ganador claro a la Presidencia, sin necesariamente darle la mayoría absoluta en el Congreso.

Esta última mayoría tendría que negociarla con sus opositores en torno a un programa común y la entrega de posiciones en el gobierno, asunto que podría ayudar, de paso, a romper el mal hábito presidencial mexicano de gobernar con los amigos y los leales, aunque no sepan.

Instituir la segunda vuelta en la elección presidencial en 2018 y ejercer la figura del gobierno de coalición podrían ahorrarnos seis años más de gobiernos divididos, cuya oposición es mayoría abrumadora en el Congreso.

La combinación adecuada de esas figuras podría dar a luz, por primera vez en nuestra fragmentada democracia, un gobierno que no sea un fragmento más, sino una mayoría cabal en el Congreso, un representante en verdad mayoritario de la nación.

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