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No cabe duda que en nuestro país, tomar partido es, en muchos casos, una pérdida de tiempo y, sobre todo, una mengua de la reputación. Pondré como ejemplo a los aficionados del Cruz Azul por usar un paradigma suave. (Suave en el sentido de las primeras acepciones que le da al adjetivo el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: sin tosquedad ni aspereza; tranquilo, quieto, moderado. No suave en el sentido de la sexta significación, que, aunque cada vez menos, sólo usamos en México, como sinónimo de excelente o bueno. “Esa película está bien suave”, decíamos los que hoy peinamos canas -si es que tuvimos la suerte de llegar con adorno capilar en la azotea de nuestro séptimo piso-. “¡Fíjate qué suave!”, le decía Manolín a Shilinsky hace más de medio siglo. Todo el alboroto lingüístico y la disgregación nostálgica que recién escribí lo hice con el fin de evitar la palabra light que en inglés, como adjetivo, significa ligero, frugal, rápido, fácil, superficial, somero, deslactosado, descafeinado, desazucarado). Es decir, el ejemplo de que los aficionados al club de futbol Cruz Azul pueden ser calificados por los demás como poco conocedores de este deporte por su empecinamiento en ser fieles a un equipo que no da lo mejor de sí en la cancha y que lleva 19 años sin ser campeón es un ejemplo amable, moderado y descafeinado, si lo comparamos con la forma en que en nuestro país juzgamos a los que defienden o defendemos causas de antemano perdidas o damos la cara por algún personaje de la vida pública que a la hora buena se echa para atrás. (De pendejos no nos bajan).

Me incluyo en el caso porque en el contexto de mi columna del pasado jueves hice de Santiago Nieto Castillo una especie de héroe de ocasión al defender su derecho constitucional para solicitar que el Senado de la República objetara o no, mediante el voto de la mayoría simple, la remoción a su cargo como titular de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE), destitución que le fuera dictada por el Subprocurador Jurídico y de Asuntos Internacionales, encargado del despacho de la Procuraduría General de la República (PGR), Alberto Elías Beltrán.

Según se comentó en círculos políticos y mediáticos, la separación del cargo se debió a un comentario que Nieto Castillo hiciera al periódico Reforma en el sentido que había recibido presiones de Emilio Lozoya Austin para que lo exonerara del caso Odebrecht y le pidiera una disculpa pública. El defenestrado Santiago Nieto tenía bajo su jurisdicción el expediente del probable delito cometido por Lozoya al recibir dinero de la constructora brasileña a cambio de contratos de obra; esta posible falta recayó en la competencia de la FEPADE por la presunción de que parte del dinero recibido por el que, posteriormente, fuera director de Petróleos Mexicanos (PEMEX) fue canalizado para la campaña electoral del actual presidente Peña Nieto, de la cual Lozoya fue coordinador internacional.

A sólo cuatro días de estar desempeñando el cargo de encargado del despacho de la PGR, Elías Beltrán se aventó el tiro de despedir a Nieto Castillo, que en su papel de fiscal electoral había denunciado delitos cometidos en los comicios de Veracruz, Quintana Roo, Coahuila y Chihuahua. La investigación del tráfico de influencias en el caso Odebrecht se constituyó en una seria amenaza, no sólo para Lozoya, sino para el PRI respecto a las elecciones del 2018 y, sobre todo, para el presidente Enrique Peña Nieto, jefe de quien esté al frente de la Procuraduría General de la República, aunque éste sólo lleve cuatro días como encargado del despacho.

En defensa de quien, en ese momento, consideraba un funcionario digno, que en el ejercicio de su deber había topado con la cúpula priista la cual ordenó su cese, llegué a argumentar que como el PRI y su cómplice el Verde Oportunista tenía cuatro votos menos que la oposición formada, esta vez, por PAN, PRD, PT, MORENA y legisladores independientes, el afamado golfista -sin palos- y compañero de reflexión del señor de Atlacomulco, el senador Emilio Gamboa, proponía que la votación, para objetar o no el cese de Nieto Castillo, se hiciera por medio de cédula secreta, con la intención, escribí yo que soy un mal pensado de lo peor, de que tal vez se podría comprar el voto de alguno de los independientes o de los rebeldes del PAN para lograr la mayoría necesaria y darle una lección al despedido Santiago Nieto.

Nada de lo dicho aquí fue necesario; el pasado viernes, mi héroe por un día le hizo como el Cruz Azul para no llegar a la final; expresó ante los medios de comunicación ser “hombre de leyes”, y para no afectar el proceso electoral del 2018 tomó la decisión de desistirse de su propósito de lograr ser reinstalado en la FEPADE por el Senado.

¿Qué cadáver le encontrarían en su clóset a don Santiago? ¿Será este acto la confirmación de que para tener la lengua larga hay que tener la cola corta? O bien, ¿cuánto costó que el señor Nieto se volviera institucional? Lo dijo el profesor Hank González: “En política todo lo que cueste dinero es barato”.

Termino con un refrán que, con palabras más coloquiales, dicen en mi pueblo: “Tanta flatulencia para defecar de manera líquida”.

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