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Se preocupan con razón quienes creen que lo que sucedió en el Senado hace tres días fue una lección de política sotanera para los políticos oficialistas que gobiernan.

La lección fue como extender una patente de corso. El jefe del oficialismo y sus operadores mostraron a Senado abierto que así se hacen las cosas, que así es la política: el arte de las malas artes.

Nadie se asusta de que las salchichas y las leyes, como dice Bismarck, tengan ingredientes que vistos de cerca resultan repugnantes.

Pero hay niveles y hay proporciones. Hay oficio y hay descaro. Hay bisturí y hay machete. Lo del Senado el martes y el miércoles fue una lección de política vandálica para los operadores del oficialismo.

La materia impartida fue Todo Se Vale, y su tesis rectora: no sólo podemos igualar el cinismo y la hipocresía de los conservadores que repudiamos. Para ganarles, tenemos que superarlos.

Le oí decir una vez a López Obrador, y lo registré en un ensayo (“A las puertas de AMLO”, consultable en Nexos, junio 2018), lo siguiente:

“En política hay pendejadas y hay chingaderas. Las pendejadas son las chingaderas que se llegan a saber”.

De las dos cosas hubo bastantes a la vista durante la sesión del Senado del 10 y el 11 de septiembre.

Dicen bien quienes culpan a la oposición que ella es la responsable de este grosero avasallamiento: en el pecado llevan la penitencia; en su ineficacia, la irrelevancia.

Pero hay algo que habla muy mal de la mayoría avasalladora en el hecho de que, para lograr sus objetivos, haya tenido que desaparecer por las malas a un senador de Movimiento Ciudadano y que amenazar, comprar y adoptar a los senadores Yunes del PAN, antes del PRI, siempre de ellos mismos.

Los morenistas que se llenan la boca con su lema estatutario de “no robar, no mentir y no traicionar al pueblo” recibieron como héroes en su seno a los Yunes, a quienes han acusado por años de mentir, robar y traicionar al pueblo.

El PRI los hizo y ellos se juntan.

La salchichonería a cielo abierto es la novedad de la temporada.