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Escucho en estos días, de gente inesperada, murmullos sobre la posibilidad de que maten a alguno de los candidatos presidenciales.

La idea de un homicidio mayor está siempre en el aire en un país donde se mata tanto y donde matar es barato, pues se castiga un porcentaje ínfimo de los homicidios.

Está más en el aire por las noticias constantes: desde que empezó la temporada electoral han matado a 57 políticos en el ámbito local.

No es infrecuente la pregunta: “¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno federal para no perder estas elecciones?”. Es frecuente la respuesta: “Hasta donde sea necesario”.

Creo que de este ambiente de anticipación ominosa, presente en muchas cabezas, surgió la advertencia de Diego Fernández de Cevallos: “Solo matándolo van a poder detener a Ricardo Anaya”.

Es una forma de decir que en el campo de Anaya no hay miedo ni posibilidad de rendición ante los embates del gobierno, sus adversarios o los medios.

En el entorno de violencia política que caracteriza a México, la hipótesis de que puedan matar a un candidato para detenerlo suena a vacuna: es una forma de poner en la mesa justamente eso que no debe suceder, por si a alguien se le ha ocurrido.

Pero las palabras llaman a los hechos y los violentos a los violentos.

La conversación política de estos días está salpicada de temores lúgubres. No eluden la imaginación, como digo, del magnicidio político.

Hay dos supersticiones ante estos rumores lúgubres.

La primera es: “No lo digas porque lo convocas”. La segunda es: “Hay que decirlo para evitar que suceda”.

No creo en una ni en otra. Solo consigno que esos rumores lúgubres están ya en nuestra conversación y que se ha abierto una rendija para la idea de que pueden matar a un candidato a la Presidencia.

He oído estas elucubraciones en relación con López Obrador, con Ricardo Anaya y con José Antonio Meade.

El primero, porque será la única forma de pararlo. El segundo, porque será la única manera de hacer competitivo al PRI. El tercero, porque quieren sustituirlo con otro.

Locuras. Pero hay locos.

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