Estoy vivo y de regreso. Apenas llevaba yo un día de vacaciones… No, llevaba menos, llevaba cinco días de vacaciones -según el algoritmo peñanietista- cuando la naturaleza decidió sacudirse de manera brusca por medio de un terremoto que marcó 7.1 grados en la escala de Richter. Esto fue el pasado 19 de septiembre a las … Continued
Estoy vivo y de regreso. Apenas llevaba yo un día de vacaciones… No, llevaba menos, llevaba cinco días de vacaciones -según el algoritmo peñanietista- cuando la naturaleza decidió sacudirse de manera brusca por medio de un terremoto que marcó 7.1 grados en la escala de Richter. Esto fue el pasado 19 de septiembre a las 13 horas con 14 minutos; exactamente 32 años, 5 horas y 57 minutos después del sismo que en 1985 devastó a la Ciudad de México.
A pesar de que el temblor de 1985 tuvo una intensidad de 8.1 en la escala de Richter y el del 2017 sólo alcanzó 7.1 en la misma escala sismológica, yo sentí más fuerte el último que el primero. Los que saben me explican que la razón estriba en la distancia entre el epicentro de uno y de otro con respecto al antiguamente llamado Distrito Federal -más antes Tenochtitlan-. El epicentro del movimiento telúrico del siglo pasado fue en el Océano Pacífico, cerca de la desembocadura del río Balsas, en el estado de Michoacán, aproximadamente a 400 kilómetros de la capital del país. El del pasado día 19 fue a 120 kilómetros de la misma, a 12 kilómetros de Axochiapan, Morelos, en el límite con el estado de Puebla.
Sobre los irreparables y tristes daños -edificios colapsados y pérdida de vidas- que ocasionó en la capital de la República y en los estados de México, Puebla y Morelos, el último de los temblores aquí aludidos, imagino que las lectoras y los lectores estarán bien informados debido a la cobertura de los diversos medios de comunicación. Otro tanto puede decirse del movimiento telúrico registrado días antes, el 7 de septiembre, que tuvo como epicentro la población de Tonalá, Chiapas, considerado el terremoto de mayor fuerza en los últimos 100 años -8.4 grados Richter-; se sintió fuerte en el centro del país sin ocasionar ninguna desgracia, no así en los estados de Oaxaca, Tabasco, Guerrero y Chiapas donde dejó 110 mil inmuebles inhabitables y, cuando menos, 60 personas muertas: 45 en Oaxaca, 12 en Chiapas y 3 en Tabasco.
Otra vez, en el 2017, se volvió a mostrar la bondad y la solidaridad de los mexicanos que en las desgracias se vuelven mundialmente incomparables. También surgen dos preguntas: ¿Por qué tenemos que esperar las calamidades para mostrar nuestro amor por el prójimo y nuestra generosidad para los infortunados? ¿Por qué cuando no pasa nada, cuando no nos está cargando el payaso, somos, entre nosotros, indiferentes y apáticos?
En 1985, la cobardía y la lentitud de nuestros gobernantes para reaccionar ante la catástrofe, permitió a los ciudadanos darnos cuenta que, basta con nuestra buena voluntad, para hacer posible la organización civil espontánea y que el esfuerzo de todos en una misma dirección se vuelve imbatible. En 1988 le cobramos al gobierno el abandono de 1985; la gente votó por el candidato contrario al del poder. Éste tuvo que hacer trampa que al correr de los años ha reconocido para imponernos a su candidato.
Ahora, en el 2017 el gobierno reaccionó con mayor prontitud, aunque como lo ha manifestado la organización Artículo 19: “la comunicación gubernamental se ha enfocado, una vez más, a promover la imagen del Presidente de la República, otros altos funcionarios e instituciones”. Por supuesto que la promoción —disfrazada de actividad— de funcionarios e instituciones no pierde de vista que dentro de nueve meses en el país tendremos los comicios más importantes del sexenio. Por este motivo los partidos políticos a quienes la sociedad en su conjunto ha pedido que con los recursos millonarios que perciben del erario ayuden a la reconstrucción de los daños; en lugar de ponerse de acuerdo de una manera clara y unificada, en la que se tuviera en la mira el bienestar del país por encima de cualquier rentabilidad política, se han puesto a ofertar su ayuda. Morena comenzó con 20% de su bolsa de recursos para el 2018 y enseguida los subió a 50 por ciento. Para no quedarse atrás, el Frente Ciudadano formado por el PAN, PRD y MC, ofreció 100% de lo que recibirá. Por su parte el PRI anunció la contribución inmediata de 258 millones de pesos, que también es 100% de los recursos que manejará en los tres últimos meses del presente año. Estos ofrecimientos no pasan de ser pura demagogia ya que para que cobraran efecto tendrían que ser reglamentados.
De entre todo lo que he leído a consecuencia de los terremotos me gustó la posición del historiador Enrique Krauze quien le hizo saber a Jenaro Villamil de la revista Proceso tres iniciativas que parecen interesantes: 1) Que los grupos empresariales poderosos adopten un pueblo para su reconstrucción. 2) Que en las campañas electorales del 2018 haya, en la televisión, cero spots y diez debates. 3) Crear una contraloría internacional para manejar los fondos de la reconstrucción.
Colofón
Si usted vio a cualquier legislador, fuera diputado, senador o representante a la Asamblea de la Ciudad de México, participando en el rescate de personas en los edificios colapsados, por favor repórtelo a la corporación “Aunque usted no lo crea de Ripley”.