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En el centro preciso del escenario donde se realizó lo que José Luis Martínez tituló La fiesta de la megalomanía en su Santo Oficio del sábado, un puñado de indignadas y estoicas madres buscadoras de desaparecidos permaneció en torno a la bandera monumental donde acampan hace dos semanas en demanda de que el anfitrión del convivio y su sucesora las reciban, escuchen y resuelvan —si no por obligación aunque sea por piedad— sus demandas de justicia.

La concentración de incondicionales de Andrés Manuel López Obrador —que acudieron a escuchar de un tirón lo dicho hasta el cansancio en las mañaneras— coincidió con la marcha, multitudinaria también, de trabajadores injuriados por AMLO como “paleros de la corrupción” que ve solo en el Poder Judicial.

El plantón y la marcha fueron los contrapuntos racionales al fantasioso y triunfalista soliloquio presidencial a pretexto del sexto y último Informe de gobierno.

Las madres encarnan el dolor de los familiares de aproximadamente 55 mil desaparecidos durante la gestión de AMLO.

Y los marchistas —que caminaron del monumento a la Independencia al Senado y con quienes se solidarizan y caminaron jueces, magistrados y millares de alumnos de las facultades de Derecho de universidades públicas y privadas que el mandatario considera “manipulados”—, junto con sus profesores y las barras de abogados, representan la resistencia de los mejor informados contra la inminente chatarrización de la impartición de justicia y la virtual desaparición de los Tres Poderes que acaparará el Ejecutivo.

“En la peregrinación” de este domingo —escribió el editor del imprescindible suplemento Laberinto de MILENIO— “miles de fieles procedentes de todo el país colmarán el Zócalo para arrodillarse y escuchar a López Obrador quien, revestido de santidad, podría hacer suya la evangélica sentencia: ‘Yo soy el camino, la verdad, y la vida’ (Juan 14:6)…”.

Como es característico, el discurso de AMLO fue una repetición de verdades, verosimilitudes y mentiras entremezcladas para intentar justificar la cacareada “cuarta transformación”, extendiendo carta de legitimidad a falsedades tales como que deja un sistema de salud pública superior al nórdico porque lo imagina “el mejor del mundo”, o que no hay corrupción en su gobierno.

Zalamero con la población indígena, insistió en la patraña de que los valores heredados de las culturas prehispánicas han sido la fortaleza del pueblo “inteligente y bueno”, a grado tal que, omitiendo el flagelo de la heroína, la morfina, las metanfetaminas o la cocaína, los adictos mexicanos, a diferencia de los estadunidenses, consumen mucho menos fentanilo.

En sus cuentas alegres, presume de los programas sociales que según él han sacado de pobres cada mes a 100 mil personas, sin reconocer que buena parte de este logro se debe a las remesas (de las que se ufana como si fuesen éxito de su gestión) de los paisanos que huyeron del país a causa de la violencia y la falta de oportunidades laborales.

De pena ajena, diría él…