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La monarquía del Reino Unido de Gran Bretaña es una institución que en el siglo XXI es, en mi opinión, anticuada y onerosa para la sociedad británica. Con casi 12 siglos de existencia, su origen se remonta al año 827 con los 12 años de reinado de Egber de la casa Wessex. El quinto de sus herederos, Alfredo el Grande, se autoproclamó monarca absoluto de toda Inglaterra. Entre los años 1642 y 1649, se desató la revolución inglesa, que provocó la decapitación de Carlos I y que culminó con la 1ª República; se restauró la corona en el año 1660 con Carlos II, “el alegre” —quien no va a estar alegre sin trabajar. En 1689, surgió una revuelta antimonárquica conocida como “La Gloriosa Revolución”, con ella finalizó el reinado de los Estuardo y asumió la corona, Guillermo III, príncipe de Orange, primera testa real europea en acabar con el absolutismo e implantar una monarquía parlamentaria.

Según la información consignada en el párrafo anterior, Carlos III, de la Casa de Windsor, cuya coronación fue el pasado sábado, es el sexagésimo quinto monarca del Reino Unido de la Gran Bretaña. Cincuenta y siete hombres y 8 mujeres.

El sábado pasado el mundo presenció en Londres, Inglaterra, una ostentosa ceremonia, con olor a naftalina, una real máquina del tiempo lo trasladó a la Edad Media: la coronación de un hombre septuagenario que no había hecho nada en su vida más que esperar ese momento.

Carlos III compartió el momento con su actual esposa, la reina Camila, que en un tiempo fue considerada por el mismo pueblo que hoy la aclama la bruja del cuento cuando siendo concubina de Carlos, príncipe de Gales, provocó el divorcio de éste con la plebeya más querida por los ingleses: Diana Spencer, la difunta Lady D.

El soberano se sentó en el trono de la abadía de Westminster, sitial del que forma parte la roca arrebatada en 1296 a los independentistas escoceses; para ser investido por el arzobispo de Cantebury, quien le impuso la corona de San Eduardo, elaborada en 1661, con un peso de 2.2 kilos decorada con 444 piedras preciosas. Regresó al palacio de Buckingham, ya siendo monarca, con otra corona de la mitad de peso, que fue fabricada en 1937 realizada en oro, plata y platino, decorada con 2,868 diamantes, 273 perlas, 17 zafiros, 11 esmeraldas y cinco rubíes —dijéramos que es la corona del diario o de andar por casa.

La pareja real fue ungida, en absoluta privacidad —prohibido ver este momento— con aceite de la Iglesia del Santo Sepulcro —rico en omega-6— contenido en un recipiente de oro con forma de águila, que los antiguos llamaron ampolla y los contemporáneos… también, vertido en la más antigua de todas las joyas reales: la Cuchara de plata dorada de la Coronación, elaborada en el siglo XII. El nuevo rey recibió dos cetros tradicionales: El Cetro con Cruz del Soberano, que representa el poder temporal del rey, y el Cetro del Soberano con Paloma, que representa el papel espiritual del monarca; quien además es el Jefe de la Iglesia Anglicana. Además el rey lució anillos, brazaletes y unas espuelas de oro de la coronación de Carlos II. Esta parafernalia real forma parte de la colección de joyas más valiosa del mundo, que posteriormente es resguardada en la Torre de Londres.

La pareja real usó dos carruajes, uno, el denominado Diamond Jubile State Coach, construido en 2014, para celebrar el 50 aniversario del reinado de Isabel II, para viajar de su palacio al sitio de la coronación. Regresaron en el tradicional Gold State Coach, que utilizó el rey Jorge III, en 1762 para la inauguración del Parlamento Británico.

Mucho boato y pocas nueces. ¿Sirven los reyes para algo más que adornar? ¿Son un símbolo? Son un juguete muy caro para los pueblos que creen en ellos. Que con su pan se lo coman.