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Nuestra democracia necesita correcciones serias al menos en dos frentes: la corrupción electoral y la construcción de mayorías efectivas.

Respecto de la corrupción electoral, he oído en estos días, de Luis de la Calle y Luis Carlos Ugalde, una sugerencia interesante: establecer el voto obligatorio para todos los ciudadanos.

Buena parte de la corrupción electoral es para inducir o evitar porciones pequeñas del voto porque en escenarios de baja participación, y de fragmentación del voto, ganar esos pocos puntos es ganar la elección.

El gasto en la famosa “operación electoral” pierde peso cuando la votación es copiosa. Deja de tener sentido y de ser costeable, si en vez de elecciones de 40 o 50 por ciento de participación, se tienen de 80 o 90 por ciento.

El voto obligatorio induciría esto último y volvería ociosa la manipulación en el margen que es la especialidad de gobiernos y partidos.

Respecto de la construcción de mayorías efectivas, ayudaría establecer la segunda vuelta electoral entre los candidatos punteros. Esto tendría la ventaja de respetar en la primera ronda la diversidad partidaria existente y arrojar en la siguiente un ganador claro, por mayoría absoluta.

El mecanismo le da un doble poder a los votantes: el de votar por quien desea en la primera vuelta y por quien quiere efectivamente que los gobierne en la segunda.

Da también a los candidatos y a los partidos la oportunidad de formar alianzas políticas después de la primera vuelta y llegar a la segunda con algo más parecido a lo que pudiera ser después un gobierno de mayoría efectiva.

Los grandes adversarios de la segunda vuelta en México han sido históricamente el PRI y López Obrador. Se oponen porque creen que en una segunda vuelta sus posibilidades de perder serían mayores que las de ganar. Bajo ningún supuesto imaginan que puedan ganar la mayoría absoluta.

Una reflexión aparte merece la segunda vuelta legislativa, posibilidad que odian los partidos pequeños, pues normalmente no estarían nunca representados en la segunda vuelta.

El Congreso, poco a poco, iría volviéndose un cuerpo de dos o tres partidos. Es posible, pero el interés de los partidos pequeños no puede condicionar el interés mayor de la salud de la vida democrática que estamos perdiendo.

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