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No mentir es, precisamente, eso.  Cero mentiras, artimañas, ardides.  No ocultar la verdad.

Que los funcionarios que mintieron, admitiendo que la Presidenta fue ajena a todo el montaje, debieron ser sancionados, apartados de un gobierno que presume de principios, de una moral que según sus propias palabras los hace diferentes a sus antecesores.

Y en los hechos son distintos, sí, son mucho más torpes.

Cuando surgieron las fotografías de una mujer rubia enseñando las piernas, leyendo un libro, utilizando anteojos, en una ventana del piso superior de Palacio Nacional, de cara al zócalo, todos pensaron que se trataba de la madre de la primera mandataria, no únicamente por el aparente parecido, sino porque resultaba imposible aceptar que alguien pudiese estar en esa parte sin autorización presidencial, como máxima autoridad que vive en ese espacio.

Y se pusieron a temblar.

Como los encargados de comunicación social de la primera mandataria son lo que sigue de incompetentes tuvieron la estúpida idea de decir, comunicar, propagar que la imagen era falsa, que estaba realizada por inteligencia artificial.

Por alguna razón desconocida, fuera hasta del sentido común, en lugar de responder a cuestionamientos a ese respecto, la primera mandataria divago, acusó, habló de que Pascal Beltrán del Río, cuyo texto daba pie a la pregunta de un reportero, no había escrito sobre el movimiento estudiantil del 68…

Con lo que obtuvo una certidumbre social sobre la personalidad de la mujer que se asoleaba en una ventana de palacio nacional. Se asumió, por esa suma de torpezas de comunicación, que se estaba ocultando la presencia de la señora madre de la señora Presidenta.

¿Había necesidad?

En lo absoluto, como no la hay de presentar textos con faltas de ortografía, o de mantener lleno el espacio de la Mañanera con seudo reporteros a sueldo, como tampoco existe necesidad de cometer tantos errores en comunicación, que incluyen los silencios, las faltas de respuesta, los desfases en los tiempos, hasta la ausencia de esquelas y/o pésames.

Y esto no es, no puede sino ser responsabilidad de los responsables de comunicación social, Jesús Ramírez Cuevas, Villamil y hasta el que fuese jefe de prensa de Ebrard mientras le cargaba el portafolio y le servía café.

La ñoñería de ofrecer una disculpa pública, por no contar con toda la información, hace todavía más ridícula su incapacidad de comunicación.

La pregunta que permanece, además de la perdida de confianza en el gobierno, en la palabra presidencial, en todo lo que sale de palacio nacional, hasta en los medios alternos que fueron arrastrados por interés o por buena fe, es por qué una mujer inteligente, académica, permite que la rodeen personas con tan poca capacidad, conocimiento, compromiso.

E los hechos se demostró que todo el aparato del Estado, de comunicación social, promovió intencionalmente la divulgación de una mentira, a sabiendas.  Es decir, metió en una mentira a quien encabeza el compromiso de no mentir

¿Qué necesidad? ¿De parte de quién?