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Con este título de Julio Cortázar tuvo lugar el viernes pasado, en San José Costa Rica, en el marco del congreso literario “Centroamérica cuenta”, una conversación sobre la crisis nicaragüense entre la escritora Gioconda Belli, el escritor Sergio Ramírez y el periodista Carlos Fernando Chamorro.

Creo que todos salimos de la sala haciéndonos las mismas preguntas, a la vez atónitas y escarmentadas, de los panelistas: ¿por qué un pueblo como el nicaragüense, capaz de tanta alegría, tanto humor, tanta poesía, tanta hospitalidad, produce en su vida pública tantos enconos, tantas divisiones, tantas opresiones, tantas revueltas y tantos dictadores grotescos que, con el tiempo, dan pasa a las nuevas revueltas que les ponen fin.

La dictadura de Ortega, dice Carlos Fernando Chamorro, está en fase terminal, lo que no quiere decir que terminará pronto. Quiere decir solo que no tiene salvación, que ha empezado su cuenta regresiva.

La gran reserva del cambio democrático nicaragüense, añade Sergio Ramírez, son los jóvenes que se han movilizado transversalmente, lo mismo en las filas del sandinismo petrificado, que en la grey católica, que en los linajes de la antigua Contra y los distintos partidos políticos.

Y lo mismo entre los hijos de la oligarquía que entre los muchachos de las barriadas populares y de las sacudidas clases medias.

La brutalidad de la represión ha pintado una raya de fuego entre el gobierno y la sociedad.

La historia más terrible que escuché en San José a este propósito es el de la madre de un joven asesinado durante una manifestación por una cuadrilla de las fuerzas paramilitares orteguistas, que son parte de de la organización territorial del antiguo sandinismo y que fungen a la vez como espías, personeros del gobierno, controladores barriales y grupos de choque.

En una manifestación uno de estos grupos mató a un joven que resultó ser el hijo del jefe del grupo. La madre del joven muerto se vio enfrentada a la trágica realidad de que su marido era el responsable personal o grupal de la muerte de su hijo.

Está ahora exiliada en San José exigiendo, como miembro de la organización de las Madres de Abril, mujeres que han perdido hijos en las brutales represiones de Ortega contra los rebeldes de la hora.