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La baja gobernabilidad que caracteriza el momento mexicano puede describirse bien con un criterio del muy conservador y muy inteligente politólogo Samuel Huntington, para el cual el rasgo definitorio de un orden político no es el tipo de gobierno, sino el grado de gobierno.

No importa tanto si el régimen es una democracia o una dictadura, un régimen parlamentario o uno presidencial. Lo importante, dice Huntington, es el grado en que ese régimen gobierna efectivamente, consigue sus objetivos, aplica sus políticas, mantiene el orden, suscita la adhesión o al menos la obediencia de sus ciudadanos.

A mayor grado de gobierno, mayor gobernabilidad. A menor grado de gobierno menor gobernabilidad. Cero grado de gobierno es la anarquía pura. Cien grados de gobierno es la dictadura total. La realidad no produce nunca estos extremos.

Lo que se encogió en México con la transición a la democracia fue el grado de gobierno. El poder se descentralizó, se fragmentó, se hizo menos hegemónico, más democrático, más compartido y también más ineficaz.

Los espacios de la vida pública que han sufrido más, en la realidad y en la percepción, son familiares para todos los mexicanos.

Ha sufrido la calidad de los gobiernos, cada vez más ineficaces y menos controlables, paradoja propiamente mexicana donde la democracia no viene acompañada de la competencia entre poderes, sino de la complicidad y los pactos entre ellos.

Ha sufrido el orden de la inseguridad y de la violencia, que eran ostensiblemente menores en el viejo régimen.

Ha sufrido un alza inverosímil la vieja enfermedad mexicana de la corrupción, extendiéndose como una telaraña por todos los espacios democratizados del poder.

Ha crecido proporcionalmente la cultura de la ilegalidad y de la trampa, al punto de la conducta de los actores públicos centrales.

Ha crecido, junto con todo esto, la falta de claridad sobre el lugar a donde México se dirige o debe dirigirse. Tenemos una crisis de futuro o al menos una disputa sorda, poco transparente, sobre él.

Ha crecido, por último, la desconfianza mayoritaria  en que alguien brotado de nuestra democracia, pueda corregir el rumbo, mejor dicho: aclararlo, trazarlo y hacerlo realidad.

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