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La firma del Nafta en 1994 abrió una época de acercamiento y cooperación con Estados Unidos.

El Nafta ha sido desde entonces el gran motor de la economía mexicana, en el contexto de un esquema más amplio de cooperación, que incluye al menos dos cuestiones claves: el combate a las drogas y la regulación mexicana del flujo de migrantes centroamericanos.

Los beneficios económicos, políticos y aún diplomáticos y culturales, del Nafta, apenas pueden exagerarse. Han puesto un piso de mutuo beneficio, contante y sonante, entre los dos países.

Pero apenas pueden exagerarse también los altos costos de la cooperación en otros frentes: el sangriento saldo de la guerra contra las drogas y el creciente saldo ignominioso de maltrato y persecución que implica el compromiso de frenar el flujo de nuestros vecinos migrantes del sur.

La guerra contra las drogas, conducida en México por agencias estadunidenses, desató la peor ola de violencia que el país registra desde la Revolución mexicana.

La contención del flujo migratorio centroamericano ha dado lugar a las más siniestras historias de extorsión, secuestro y muerte que recuerden nuestras relaciones con esos países.

La decisión de cultivar el nuevo espíritu constructivo de la relación con Estados Unidos diluyó en estos años, al punto de la inexistencia, el sentimiento nacionalista antigringo, peculiar de nuestra historia.

Se hicieron tolerables para México algunos de los más agresivos comportamientos institucionales estadunidenses, como la construcción del primer muro en la frontera norte, bajo el gobierno de Clinton, y la deportación de 2 millones 600 mil mexicanos, bajo el gobierno de Obama.

La expectativa latente todos estos años, para México y para una parte muy significativa del establecimiento político estadunidense, era que, más temprano que tarde, como efecto lento pero irreversible de la integración, llegaría la reforma migratoria que pondría fin al mayor asunto humano, económico y moral, pendiente entre los dos países: la  irregularidad de los millones de mexicanos indocumentados que viven en Estados Unidos.

Trump ha cancelado esta expectativa de arreglo tornándola su contraria: persecución a migrantes y cancelación del Nafta.

Está poniendo fin a una época de nuestras relaciones.

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