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La primera vez que me sucedió fue escribiendo una de mis columnas para El Economista, quería yo usar un adjetivo calificativo, tenía la palabra en la punta de la lengua pero no la recordaba. Le hablé al subeditor de la sección de Política y Sociedad del periódico. Oye Jorge Daniel, necesito me ayudes a encontrar una palabra que se me olvidó. Se usa –proseguí– para calificar a un individuo, imbécil, de poco talento pero que él se considera brillante. Presumido –respondió Jorge Daniel. No. Petulante. Tampoco. Engreído. No. Pues así, de pronto, no se me ocurre ninguna otra. A no ser que el calificativo que buscas sea: cretino. ¡Exacto!, dije yo y se iluminó mi cerebro de la tercera edad.

Distraído, desde muy joven, lo fui: he dejado tarjetas de crédito en los cajeros; he perdido llaves y boletos del estacionamiento. Se me olvida dónde dejo las cosas. “Mi celular, mi celular” digo mientras lo busco, de pronto me doy cuenta que lo traigo en la mano.

De tanto dejar las llaves adentro de los coches y cerrarlos con seguro –antes de las llaves y los sensores actuales– me volví especialista en abrir automóviles. En una ocasión, unas personas, entre ellas dos amigos míos, trataban de abrir un coche en el que habían dejado las llaves adentro. Me ofrecí a abrirlo; con un gancho de ropa lo abrí en un minuto. El auto era de uno de los jefes de una policía de las tantas que había en ese entonces. Admirado por mi técnica, me preguntó que cómo había yo aprendido esa habilidad; le dije la verdad, a fuerza de olvidar las llaves dentro de mi coche. El jefe no quedó muy convencido. Me fui enseguida antes de que me detuviera por sospechoso de robo de automóviles.

Igual que a cualquier persona, se me olvidan cosas, como las fechas de los cumpleaños de familiares. Una vez se me olvidó tirar a la basura una camisa pintada de lápiz labial y entonces el que se fue a la basura fui yo.

Pero nunca se me habían olvidado palabras, hasta la vez de cretino. A partir de ahí, no diré que todos los días, pero sí a menudo se me olvidan palabras, nombres y apellidos que más tarde recuerdo. Lo peor es cuando está uno hablando y se le olvida la palabra que quiere utilizar; recurre a un sinónimo pero pierde énfasis el enunciado. Poco después uno recuerda la palabra de marras.

Seguramente habrá lectoras y lectores a los que les pasa lo mismo. Un médico amigo me dijo que de los 50 años en adelante se presenta esta dificultad de la memoria. Lo cual más que una enfermedad es una característica de los años que se tienen y el deterioro que conllevan.

En mi caso comenzó pasados los sesenta. Me angustié, pensé que era un presagio del pavoroso Alzheimer. La calma vino cuando leí un artículo del doctor Bruno Dubois, profesor de neurología de la Universidad Salpètrière de París, cuya esencia comparto con ustedes para tranquilizarlos por si tienen la misma preocupación que yo tuve: “Quien es consciente de padecer de estos olvidos es quien no tiene problemas serios de memoria, ya que quien padece una enfermedad de la memoria, como el inevitable fantasma del Alzheimer, no tiene registro ni se acuerda de lo que efectivamente le pasa. Cuanto más se quejan los sujetos de su memoria, menos probabilidades tienen de sufrir una enfermedad de la memoria”.

Así que ya lo saben, lectora, lector, si están conscientes de sus olvidos, no se alarmen, es algo propio de la edad. Cuidado con los que, entre las cosas que olvidan, olvidan que se les olvidan las cosas.

Edades

El ser humano prehistórico vivió en el Paleolítico, en el Mesolítico y en el Neolítico; el ser humano moderno vive en el Ansiolítico.