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Cables cruzados:

José Antonio Meade no es miembro del PRI, pero es el candidato del PRI.

El único candidato sin partido hasta ahora, aparece como el abanderado del partido más viejo: ese PRI que tanto ha tratado en estos días de parecerse al PRI de ayer y de siempre.

Un funcionario de cabeza moderna es llevado a la nominación de la manera más arcaica y va a pedir a los más arcaicos de su nuevo partido, que lo hagan suyo.

Un funcionario sin fama de corrupto es el sucesor propuesto del gobierno con mayor fama de corrupción de la historia reciente de México.

Un funcionario que nada ha tenido que ver con la seguridad es traído a la escena en momentos de inseguridad rampante.

Un tecnócrata refinado que no ha hecho nunca una campaña se estrenará en la materia con una campaña presidencial.

Un candidato persuadido de que las reformas iniciadas durante estos años son fundamentales para el país aparecerá en estas elecciones como el abanderado de la continuidad.

En suma, un candidato partidario del cambio que está en curso saldrá a la campaña como el abanderado del statu quo.

Del otro lado del espectro, Andrés Manuel López Obrador, el candidato con una visión del mundo característica del priismo de los 70 del siglo pasado, aparece como el abanderado del antipriismo y el antisistema de hoy.

El candidato que va en su tercera campaña a la cabeza de un partido, fundador de un partido él mismo, se presenta, no obstante, como campeón de la antipartidocracia.

El candidato que se opone a las reformas de estos años aparece como el abanderado del “cambio verdadero”.

El candidato que ha encabezado las más grandes riñas de la democracia mexicana, aparece como el abanderado de la “república amorosa”.

En suma, el candidato de la restauración se presenta, en sus propias palabras, como el candidato de la regeneración nacional, el candidato del cambio.

Estos son los candidatos que tenemos ya en campaña el día de hoy: dos paradojas.

Presentan demasiadas contradicciones a despejar para un electorado en ascuas, que lo que quiere es un cambio, pero no sabe exactamente cuál y que parece gobernado por la más impaciente de las razones: el hartazgo.

Digamos que ha empezado la campaña presidencial y que tiene los cables cruzados.

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