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En la primera mitad de los setenta, cuando al hoy centenario Luis Echeverría, una caterva de políticos irresponsables, corruptos e  indecentes, encabezada por él mismo, le hacían creer que nadie había gobernado el país mejor que él: instituyendo fideicomisos para el fomento ejidal, para promover el turismo, para la cría del conejo, para estimular al Tercer Mundo; inclusive, llegó a crear un fideicomiso para apoyar a los demás fideicomisos. Gobierno dinámico de giras y juntas, asambleas, acuerdos hasta las dos o tres de la madrugada, sin tiempo para hacer pipi. Como dijo Gonzalo N. Santos, a Echeverría no le alcanzaba el día para hacer pendejadas.

Fue por esos años, 1973 o 74 cuando capté en el radio una voz que dijo algo que me hizo reír e inmediatamente, una frase que me hizo pensar. La estación que transmitía esa voz era Radio Universidad, el programa se llamaba ‘Palabras sin reposo’ y el dueño de la voz era Tomás Mojarro, quien al dirigirse a sus escuchas los adjetivaba como valedores.

Durante varios años, siempre que podía, sintonicé ese programa donde Mojarro  hacía amenas glosas con sentido del humor de caricaturas publicadas en los periódicos. Más de una vez la glosa era más graciosa que la misma caricatura. También leía, con intención crítica y satírica, declaraciones insustanciales y burdas expresadas por políticos o artistas, así como escritos reaccionarios u opiniones fascistas de funcionarios, escritores o periodistas. De ahí surgió el programa ‘Paliques y cabeceos’ que fuera transmitido, los sábados, en el mismo horario.

En el transcurrir del programa,  inventó una familia y un vecindario donde desarrollar su crítica social. Ahí hacían acto de presencia su primo el Jerásimo, priista, siempre a medios chiles, “humildoso con los de arriba y despótico con los de abajo”. También salían a relucir el Ariel y la tía Conchis; su maestro Táchira; así como el Juguero y Tano que era vulcanizador y travesti con el nombre de “La Princesa Tamal”.

También lo seguí en el periodismo a través de su columna ‘Para leer entre líneas’ publicada en el ‘Uno más uno’. Después escribió en muchos diarios y revistas. Famosas se hicieron sus fabulillas siempre con el mensaje y la idea de hacer “un llamado al paisanaje para que, sin las armas, vayamos al cambio”.

Mojarro escogió para dirigirse a su público, -escuchas, televidentes y lectores- el término de valedores por considerar que éstos, al escucharlo, verlo o leerlo, le daban valor, lo hacían valer. Y así como él llamó a sus oyentes, espectadores y lectores, éstos llamaron al maestro: Valedor.

Ya en este siglo siguió en Radio UNAM los domingos de once a doce con un programa que en un principio se llamó Domingo 6 y, posteriormente, Domingo 7. Ahí lo escuché antes de la pandemia. Durante ésta varias veces traté de sintonizarlo sin lograrlo.

El maestro Mojarro que nació en Jalpa, Zacatecas, el 21 de septiembre de 1932, murió en esta capital el pasado martes. Fue un hombre de una sola pieza, de gran congruencia entre su pensar y su actuar. Refractario a las cofradías de elogios mutuos. Desechó premios y chayotes.

Fue un escritor de ficción muy destacado. En su primer libro de cuentos publicado en 1960 ‘El Cañón de Juchipila’, se adivina una influencia de Juan Rulfo que fuera su valedor.  En 1963 escribió su novela “Bramadero” que suscitó la admiración de Alejo Carpentier. También escribió en 1966 su autobiografía. Ese mismo año otra novela: Malafortuna y en 1973 Trasterra. En 1986 publicó, Yo el Valedor y el Jerásimo. Su última publicación fue en 1998: ¡Mis valedores! Al poder popular.

Dirigió talleres de lectura, teoría política y creación. Todo lo hizo con pasión, humildad y disciplina. Aunque una calle de Jalpa lleva su nombre, el Valedor merece, que al igual que un personaje del Cañón de Juchipila, le compongan un corrido.

Termino con una de sus frases: “En México hay libertad de autocensura”.