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El la conferencia mañanera del pasado viernes, el presidente López Obrador, abordó el tema de la supuesta corrupción de los científicos del Conacyt. Dijo que fue “el grupo favorito del régimen anterior y entonces como ya no se puede mantener estos privilegios, pues ahora se sienten perseguidos”. (Perseguidos, pero sin correr, el Fiscal General de la República, es tan parsimonioso que se le escapan las tortugas).

Luego de explicar que no se puede ser selectivo en el combate a la corrupción, que no se puede excluir a nadie aunque sean de la academia, de la ciencia o de la intelectualidad, pronunció su consabida frase: “Al margen de la ley nada, por encima de la ley nadie, sean amigos, colegas, familiares, que se entienda”. (De aquí para allá está entendido, ¿de allá para acá, se entenderá sobre todo lo referente a la familia?).

Prosiguió: “No sé si sea cierto, pero uno de los investigadores, supuestamente perseguido, se aventó un Twitter ayer, ojalá y lo consigamos, para que vean el nivel moral, porque siempre he dicho que una cosa es la educación y otra cosa la cultura y que los grados académicos no son sinónimo de cultura. Se pueden tener altos grados académicos y no tener sensibilidad en lo social, ni en lo humano y no poseer valores culturales, morales espirituales, porque eso fue lo que hizo el neoliberalismo, también individualizó, dejó sin dimensión social, humana, la educación, la investigación. Ojalá y se pueda conseguir (el tuit) sí, sí, porque es de uno de estos señores, que ofende a Beatriz y me ofende a mí de manera vulgar…” A ver, ¿por qué no lo pones?

Entonces pusieron en la pantalla, el texto del tuit que se aventó el soez académico donde con palabras que no me atrevo a reproducir por respeto al presidente, a su señora esposa, a las lectoras y a los lectores, agravia a López Obrador y a su mujer Beatriz Gutiérrez. (Y que conste que en este espacio no nos asustan las malas palabras). Todavía más, Andrés Manuel leyó el deshonroso contenido del mensaje, sin que el redactor de estas líneas haya entendido cabalmente por qué lo hizo.

He buscado una respuesta a esa actitud y, luego de pensarlo mucho, sólo se me ocurre una conclusión: el presidente tiene una tendencia a la victimización como estrategia que le produce simpatía y popularidad. Discurrió que si la ciudadanía (el pueblo sabio) se entera de cómo son tratados él y su esposa por un pelafustán neoliberal, habría una reacción favorable de simpatía hacía ellos. Es el único motivo —sin justificarlo— que le encuentro a su acción.

Ni siquiera debería de haber hecho referencia a los insultos que son, según el pueblo sabio, como las llamadas a misa. Pero ya que hizo alusión a ellos podría haber mostrado, sin leerlo, el recado y usado un buen “detente”, inventado por él, con sabor popular, se me ocurre: “Al que escribió esta cosa gacha, lo escrito se le retacha”.

Como quien no quiere la cosa dio el nombre del autor del injurioso tuit, dijo: “Se llama el señor —si es real— Aldo Alderete”. Busqué a esta persona a través del internet, supe que no está en la lista de los 31 científicos supuestamente perseguidos. El perfil de @AldoAlderete existe y se presenta como: “Científico irreverente, transgresor. Experto en seguridad. Bioterrorismo. Miembro del Comité Científico de la ONU en Washington, DC”.

Decía mi general don Ángel Castillo que hacerle caso a los pendejos es engrandecerlos y pienso que el presidente fue más lejos, al leer los insultos en su conferencia, se autodenigró.

El abogado oposicionista Diego Fernández de Cevallos, aprovechó la ocasión para publicar en su cuenta de Twitter una frase de ida y vuelta: “Quien injuria a una mujer es una porquería humana, y el que difunde otra vez el agravio la vuelve a injuriar y es lo mismo”.