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Tres hechos concatenados, cada uno más atroz que el otro, son una prueba de la desmesuradamente espantosa realidad mexicana. La asombrosa noticia la conocemos todos porque los medios se han encargado de su difusión, el morbo de la sociedad de comentarla y las autoridades de hacer declaraciones.

Un resumen del escalofriante asunto: Un preso encuentra en el basurero del penal de San Miguel en Puebla, el cadáver de un bebé de tres meses, fallecido cinco días antes. El niño presentaba indicios de haber sido expuesto a una cirugía en el abdomen. En un principio se especuló sobre un posible infanticidio cometido dentro de la cárcel; partiendo de la creencia de que el bebé había ingresado como parte de una visita familiar de la cual no había registro. La hipótesis fue desmentida.

Tras la denuncia de la organización Reinserta, a través de su presidenta la activista Saskia Niño de Rivera, el caso comenzó a esclarecerse: El bebé –llamado Tadeo- murió el 5 de enero, tras una intervención quirúrgica fallida en un hospital de Iztacalco; fue enterrado al día siguiente en un panteón de Iztapalapa de donde se extrajo su cadáver que apareció días después en el contenedor de basura del penal poblano. ¡Escalofriante!

Los hechos generan preguntas: ¿Quién fue capaz de llevar, y de qué manera, el cadáver de un bebe de Iztapalapa hasta Puebla? ¿Cómo lo introdujo al penal? ¿Con qué objetivo? ¿Por qué su cuerpo inerte estaba en la basura y fue un preso común –no un custodio o una autoridad del penal- quien lo encontró? Hasta el momento de escribir lo que usted lee nadie ha dado respuesta a estas interrogantes.

Clara Brugada, alcaldesa de Iztapalapa, donde se encuentra el panteón de donde fue sustraído el infante difunto, declaró lo que nuestros políticos acostumbran en estos casos aunque luego todo quede en puro jarabe de pico: “Vamos a establecer contacto inmediato con la familia para ofrecerle todo el apoyo jurídico, social y psicológico ante los graves acontecimientos”. Además la edil prometió, después del niño exhumado, bardar el panteón. (Antiguamente –hace quince días— no se ponían bardas en los panteones porque los de adentro no pueden salir y los de afuera no quieren entrar).

Por su parte, antier el gobernador poblano, Luis Miguel Barbosa, al referirse al asunto declaró que se han ejecutado 21 órdenes de aprehensión de 23 implicados en el caso, sin dar nombres ni detalles para no entorpecer las investigaciones. (Otra frase clásica)

Antes, el pasado viernes, expresó una de sus ‘barbosadas’, prometió que muy pronto el caso estaría resuelto de manera real y acreditada de manera distinta “a la que algunos activistas, mujeres (y) hombres han dicho sobre los hechos. Periodistas terribles, terribles. El comportamiento ha sido de un nivel de irresponsabilidad terrible. Actúan con el ánimo de desgastar, de desgastar, de desgastar. Pero pronto estará esto resuelto, se los aseguro, yo le estoy dando seguimiento a las cosas y tendrán que saberse todos los detalles (…) Y vuelvo a repetir (otra vez) todos los que dijeron cosas van a silenciarse, van a silenciarse porque así han actuado siempre; tengan cuidado también en el desempeño de la profesión, la noble profesión del periodismo (¿en qué quedamos?). Que no sirva también (¿?) para destruir escenarios” (Los sapos tirándole a las nobles escopetas).

Por cierto, tal vez por no tener cuidado en el desempeño de su profesión, en lo que va del año han sido asesinados tres periodistas, José Luis Gamboa en Veracruz; Margarito Ramírez y Lourdes Maldonado en Tijuana. Respecto a la última víctima el presidente López Obrador dijo: “En el caso de la compañera que fue asesinada en Tijuana vamos a llevar una investigación a fondo. La diferencia –lo que pasa es que lo digo y lo digo y parece como si no se escuchara- es que nosotros no permitimos la impunidad”. Si se escucha, pero existen casos en los que la diferencia no se ve.