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Yo le llamo el “Síndrome de Salvador Allende”. El presidente López Obrador, sabedor y temeroso de que los únicos que unidos a sus adversarios de la derecha hubieran podido darle un golpe de estado eran los militares, los gratificó por adelantado entregándoles la construcción —con todo lo que ello implica económica y políticamente— de las principales obras del sexenio: El Aeropuerto Felipe Ángeles; el Tren Maya; las sucursales del Banco del Bienestar y otras obras de alto presupuesto.

Contradiciendo sus discursos de campaña, en un súbito cambio de opinión, AMLO ha permitido la presencia del Ejército en las calles y, por si fuera poco, pretende prolongar el militarismo en la seguridad pública, por lo menos hasta el 2028. Imagínese usted que efectivos —poco efectivos— instruidos para la violencia extrema y constituidos para la defensa del Estado, se hagan cargo de la Guardia Nacional debido a la ineptitud y a la corrupción de las diversas policías. Corrupción e ineptitud que en el tiempo que los militares llevan actuando en condición de policías no han disminuido y por el contrario, entrenados para la agresión, han provocado muertes de inocentes.

El pasado día 14 fue detenido por agentes de la Policía Federal Ministerial de la Ciudad de México el general José Rodríguez Pérez, involucrado en la desaparición y el asesinato de seis de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Por cierto el día que el militar participó en el asesinato de los seis estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos era coronel, esto indica que su ascenso a general brigadier fue logrado por “méritos en campaña”.

Rodríguez Pérez, estaba bajo las órdenes del brigadier Alejandro Saavedra Hernández, jefe de la 35 zona militar de Chilpancingo, Guerrero; también vinculado a la masacre de Tlataya, Estado de México, en junio del 2014. Nueve semanas después de los acontecimientos en Iguala, Saavedra Hernández fue ascendido a general de división; hoy es prófugo de la justicia e hijo de la impunidad. Paradojas de nuestra política: en su momento, el general Cienfuegos presentó a Saavedra Hernández con López Obrador como el idóneo para ser su sucesor en la Defensa Nacional.

Y ya que salió a relucir su nombre, ¿qué fue lo que sucedió realmente con Salvador Cienfuegos? ¿En qué tuvo que ceder el gobierno mexicano para que lo dejaran libre en Estados Unidos? ¿En nuestro país lo está investigando la FGR? Ese asunto está más enredado que una orgía de lombrices.

Para ilustrar la brutalidad militar bastaría con un reciente ejemplo ocurrido el pasado 2 de septiembre en Nuevo Laredo Tamaulipas, cuando durante una aparente persecución a un vehículo sospechoso, soldados dispararon a discreción, nadie sabe a quiénes perseguían y qué sucedió con los acosados. Lo que si fue un hecho es que las balas impactaron una camioneta blanca donde viajaban Heidi Mariana Pérez Rodríguez de 5 años quien recibió un bala en la cabeza que le causó la muerte; su hermano Kevin, de 7 años, salió ileso, la mujer que manejaba la camioneta recibió un balazo en el hombro.

El pasado 13 de septiembre, en la conmemoración de “Los Niños Héroes de Chapultepec”, el general secretario de la Defensa Nacional, Luis Crescencio Sandoval, luciendo su uniforme cuajado de medallas, como Pinochet de petatiux o Franco al recibir la comunión, condecoraciones y medallas que me gustaría saber quién las otorga y porqué; ¿en dónde y cómo se adquieren? ¿acaso, ya vienen con el uniforme?, en el uso de la palabra advirtió: “Quienes integramos las instituciones tenemos el compromiso de velar por la unión nacional y debemos discernir de aquellos que con comentarios tendenciosos, generados por sus intereses y ambiciones personales, antes que los intereses nacionales, pretenden apartar a las fuerzas armadas de la confianza y respeto que deposita la ciudadanía en las mujeres y hombre que tienen la delicada tarea de servir a su país”.

Palabras que en lenguaje coloquial pueden interpretarse como: “Voy derecho y no me quito”.