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Con monomaníca insistencia el gobierno tetramorfósico, nos compele a una extraña forma de la espiritualidad cuyas fronteras evangélicas se mezclan con un llamado casi budista al desprendimiento, libre de mentiras y traiciones hasta en la simpleza de la alimentación sencilla y primitiva, dieta maicera, frijolera y frutal en un mundo liberado del egoísmo, la acumulación y la esclavitud por los bienes materiales.

Es un extraño discurso en el cual –quizá sea un error de apreciación—yo escucho ecos de varios pasajes bíblicos.

Es –a veces– Jesús con su látigo expulsando del templo a los mercaderes y empresarios pero también la voz en la montaña bien aventurando a los pobres, los perseguidos y los sedientos, porque de ellos será el reino del cielo. Es el taumaturgo sobre las aguas y los peces y los panes multiplicados como el vino en los programas sociales de Caná.

Pero también podría sugerir la paráfrasis del Tepeyac:

¿No estoy yo aquí, que soy “Morena”…?

Con frecuencia el Señor Presidente nos obsequia con los frutos de su reflexión. Lo hace casi siempre los fines de semana o cuando se va a su eufónico rancho chiapaneco, de cuyo nombre no quiero acordarme, pero allá se va con frecuencia, y nos entrega sus pensamientos codificados en la forma mosaica del decálogo, sin necesidad de subir al Sinaí de la selva lacandona.

Y esos pensamientos, junto con sus ensayos editoriales sobre temas nacionales (el más reciente su aportación universal a las ciencias sociales, “La economía moral”, hermoso oxímoron de profundidad insondable), son una aportación adicional a su trabajo al frente del Ejecutivo, por el cual obtiene un salario superior al de cualquier otro mexicano devoto del servicio público.

No son iguales, ni con mucho, un servidor público y un burócrata. Este es un esclavo del aparato oficinesco, anónimo y enajenante; el otro es un esclavo del pueblo, a quien todo le debe y a quien todo le devolverá.

En abril, por ejemplo, el Señor Presidente nos endilgó un papasal de reiteraciones con cuya ejecución podaría aun más el frondoso árbol de la democracia, apoyado en la tesis de resolver la corrupción perniciosa, como camino de oro hacia la purificación nacional y la solución de todos los problemas, incluyendo los sanitarios, cerrando la brecha entre un gobierno rico frente a un pueblo pobre. Ahora son pobres los dos. Como se quiera ver es una forma eficiente de igualar.

Aquel decálogo, cuya finalidad era imponer un plan de auxilio al 30 por ciento de los olvidados nacionales, ha tenido antecedentes, pero como todos son similares, no tiene caso referirlos ahora.

Mejor concentrarse en revisar el más reciente, cuyo motivo es la epidemia y la incipiente (y experimental) apertura y arbitrario cambio del color del semáforo protector.

Nos compele el Señor Presidente a no codiciar lo innecesario, a ser buenos para así ser felices; a comer maíz, frijoles y proteínas sin hormonas de engorda en animales de patio o de potrero.

Esta última parta de la invitación o sugerencia, quizá funcione en ciertas zonas del país, pero en esta ciudad el único potrero es una estación del Metro en el norte de la ciudad. ¡Ah! y el ron producido en el ingenio del mismo nombre.

Tan nocivo como el tabaco, el egoísmo, el ansia acumulativa y las preocupaciones o el estrés. Leamos estas líneas:

“…la felicidad no reside en la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias o frivolidades, solo siendo buenos podemos ser felices… la mejor medicina es la prevención”; cuidar la salud, bajar de peso, vivir en calma, sin angustias y con ello evitar la tensión.

“…Tenemos que serenarnos, calmarnos, tener confianza en nosotros mismos. No pueden (sic) haber problemas que nos enfermen o que no tenga solución. Todo se puede resolver y todo se puede enfrentar”.

Esta convocatoria todopoderosa es muy oportuna, sobre todo para quienes han perdido ingresos, empleos, aspiraciones de ascenso o han sepultado prematuramente a un familiar. Sereno, moreno.

La verdad todo cuanto el Señor Presidente dice está impregnado de sabiduría. Es como el patriarca y doctor de la Iglesia, Juan Crisóstomo, “Boca de oro”. No dos bocas; una sola, pero áurea.

En ese sentido debemos buscar a su lado, el camino espiritual, creer en“algo que (nos) fortalezca en lo interno y en la autoestima, que mantenga activo, alegre, trabajando y luchando, para amar a los seres queridos, al prójimo, a la naturaleza y a la patria”.

Y la paz del mundo…