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Pararse frente a un desconocido con cámara en mano, a sabiendas que tus ojos no pararán de mirarlo de cabeza a pies y en el inter con la seguridad de que, al no quitarle la vista de encima, tú decidirás cómo posará y cómo se verá a través de tu mirada, es maravilloso.

Primero es sentirse halagado por la confianza que te otorgan y segundo, la certeza de que lo que haces es bueno y te reconocen tu trabajo.

La discusión de siempre es a partir del hecho que “cualquiera puede ser fotógrafo”, a la que siempre contesto que no es verdad, porque aunque pareciera un acto, que a estas instancias, ya todos toman fotos con sus teléfonos, no los convierte en un profesional y experto de la imagen.

Un valor es el profesionalismo de estar frente a un artista, escritor, político o personaje admirado y capturarle la mirada, la sonrisa, su personalidad y hacer un trabajo tan brillante que después puedas ver tu fotografía publicada en medios impresos.

Con el tiempo vas siendo más serio frente a los personajes a los que fotografías, aunque te gane la emoción y admiración, la concentración es fundamental. No hay manera de no ponerse nervioso, pero siempre he creído que cuando sabes que el nervio puede ganarte, debes de repasar muy bien qué es lo que quieres lograr con tu fotografiado.

Por ejemplo, cuando me enviaron la orden de ir a la casa del escritor Xavier Velasco, brinqué cual adolescente emocionada y durante todo el camino, manejaba nerviosa, sudaba y me reía, mientras veía que me había atrevido a llevarme mi libro Diablo Guardián para que lo firmara.

Durante la sesión, todo transcurrió normal, y el nerviosismo en realidad se me notó más al pedirle su firma que en otra cosa.

Eso me pasó con el escritor español Javier Marías, y es que ayer que me llegó la notificación al teléfono de su muerte, fue como recibir un balde de agua helada, porque eso pasa con la gente que admiras, aunque no sea tu amigo o cercano. Son personajes que los haces propios con el paso de las letras, de las columnas publicadas, de opiniones imaginariamente intercambiadas.

Hace unos años estaba en Madrid con mi hija y para mi suerte, unos días después de haber llegado coincidía mi cumpleaños. Mientras caminábamos por la Puerta del Sol, llegué a la FNAC y vi el cartel que anunciaba la firma de autógrafos de Javier Marías en su recién libro Bertha Isla y para mi mayor suerte sería el 8 de junio, en mi cumpleaños.

Llegado el día, estuve puntual, pero mi emoción no me dejó leer bien y la firma era en el parque El Retiro, para lo cual corrí cual fan con mi hija de menos de un año en la carriola. La lluvia me sorprendió y le puso mayor adrenalina al encuentro ya imaginario y muy esperado.

Era Javier Marías en Madrid, no podía no llegar. Busqué el módulo del FNAC, era algo así como una Feria de Libro y cuando lo encontré, la fila era pequeña, me formé con la presión de controlar mi respiración. Estaba a unos pasos de uno de mis autores favoritos, uno que me había enseñado a ser paciente con las historias que escribía.

Llegué frente a él y recuerdo haberle dicho: “Hola! ¡Estoy muy emocionada porque hoy es mi cumpleaños y te conozco!” Se rio, le dio una fumada a su cigarro y me firmó. Allí sí fallé, no pude hacerle un retrato mirándome, no esperé, no fui paciente, no le pedí que mirara a la cámara, lo fotografié como lo había imaginado siempre: escribiendo.

No me tomé ninguna foto con él, pues ya tenía una dedicatoria en mi libro. Era mi cumpleaños y estaba sumamente feliz.

No iba de trabajo y aunque el ojo del fotógrafo no descansa, me ganó la emoción, el nervio, la adrenalina y la agitación.

Ayer domingo que leí su partida, fui a buscar esa foto, en donde no me vio y me escribió “Que los años siempre te traten bien”.

Ojalá que allá en donde estés, la vida te siga tratando bien.

Mi nervio y Javier Marías - img-1472-768x1024