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Todos hemos tenido el pensamiento vago e ilusorio de poder elegir el modo de morir: un infarto, estar en medio de una balacera o una persecución hollywoodense, en un asilo, en nuestra casa o sencillamente quedarnos dormidos.

Morir como el último acto en el que creemos que podremos memorizar, cuando en realidad la memoria se perderá en un limbo desconocido.

Recrear la escena perfecta una y otra vez, cada que la ansiedad nos invada y el temor por desaparecer del mundo terrenal nos asfixie. Un ejercicio que aparece cuando alguien cercano muere o cuando en las noticias aparecen escenas de muertes tan trágicas que se nos eriza la piel.

Con la certeza de que la muerte es la última etapa de nuestra historia, pero con la contrariedad de desconocer cuándo será.

Ana Paula, de 41 años terminaba su día como cualquier otro. Salía de trabajar y su hijo llegaría montado en su moto Italika amarilla para pasar por ella para irse a casa.

Otra noche que pasaban de las once de la noche, y que él estacionaría su moto para irle a avisar a su madre de manera directa, que ya estaba allí y podrían irse. Todo iba de acuerdo a la cotidianidad de sus vidas, hasta que al regresar y prepararse para subirse a la moto, esta ya no estaba.

El susto, la sorpresa, la sensación del frío que recorre el cuerpo cuando no ves tu auto, tu moto o tu bici en donde la dejaste.  ¿Y la moto?  Voltear para un lado y para el otro, hasta ver a lo lejos la sombra de un hombre que corre y empuja la Italika amarilla, esa en la que regresarías a casa.

Lo que después surge es el impulso irracional de correr tras ella y tras el supuesto “ratero” para enfrentarlo y recuperar la moto. Ese ímpetu y energía impenetrable que nos surge cuando nos enfrentamos a un momento como este. La adrenalina nos calienta de pies a cabeza y el cuerpo reacciona con velocidad y valentía.

Ella, Ana Paula, la madre de cuatro hijos, enfrentó a un hombre que de manera sorpresiva los interceptó antes de alcanzar al ladrón. Fue su instinto de madre, el de defender a capa y espada a su hijo, el mismo que la puso justo en frente de un hombre de chamarra y casco negro, jeans y tennis blancos montado sobre una moto azul, quien con la frialdad de un asesino le apuntó con una pistola.

Ella, su adrenalina y su aguerrido sentido de defensa material actuó rápido y sacó su celular, pensando que este también serviría de arma y que intimidaría al criminal que se ocultaba entre un casco enorme y su puño.

Lo capturó, le tomó la foto en formato vertical, casi como quien toma una foto bien planeada, con el sujeto principal de cuerpo completo con la motocicleta detenida frente a ella. Aunque la iluminación no es la perfecta y la calidad digital de su teléfono no haya sido la más moderna, fotografió a quien sería la última persona que la viera con vida y a los ojos.

Ana Paula aparece en la imagen, fue ella quien tomó la foto, su sombra se quedó congelada en el concreto que la vio caer después del disparo directo a su pecho.

El camellón poco iluminado al fondo, como rastro de la fuga,  el coche estacionado, y la única luminaria cercana a ellos dispuesta a iluminar el rostro del agresor.

La mirada directa e impasible de quien aparecería no solo en su última foto guardada en su celular, sino en su memoria. Su última escena, el parpadeo final, la sangre hasta la cabeza, la adrenalina por el cuerpo entero y su pecho como una coraza de protección hacia el cuerpo de su hijo.

Ella murió, él la mató. Ella quedó en la sombra y él quedó apresado en una imagen, que estoy segura lo llevará a la cárcel.

Nunca sabremos cuál será nuestra última foto, nunca.

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