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El orgullo y la felicidad siempre se proyecta en nuestro cuerpo entero, la postura, el rostro y los movimientos. No hay manera de ocultarlos, ni siquiera lo contrario, la tristeza y la vergüenza también se reflejan de alguna u otra manera.

Nuestros cuerpos son viles transportadores de emociones, por más que los vistamos y los produzcamos, terminan por echarnos de cabeza y evidenciarnos ante los ojos de alguien que le guste observar a detalle lo que sucede en el otro.

Bien se dice que la gente es sensible ante la forma en que se mueve otra persona, y es que conforme el que está frente a nosotros camina, cambia su postura, se sincroniza con otros, a dónde y cómo mira, nos lanza mensajes que nos acercan o nos alejan.

La postura es la quid no verbal más fácil de observar y por lo tanto de desmenuzar en mensajes positivos o negativos, íntimos o no.

El día de hoy el presidente de Andrés Manuel López Obrador entregó su tercer informe de Gobierno, dándose cita en el Palacio Nacional ante un grupo selecto de más hombres que mujeres.

Esta vez fue en el interior de uno de los salones, un lugar cerrado y sin mucha iluminación. Al fondo un cuadro de Benito Juárez y nuestra Bandera Nacional.

El presidente caminó por en medio de filas de sillas, pocas pero bien alineadas. Algo así como si fuera una celebración religiosa o un civil.

Entró y dejó a su esposa en una silla que no tenía su nombre, y decidió seguir su camino hacia el frente y entonar su discurso oficial de los tres años de mandato.

La foto, esta que tomó Sashénka Gutiérrez, fotoperiodista mexicana que trabaj actualmente para la agencia EFE, evidenció el mal acomodo de todo, la logística de quien llevó el evento no supo si quiera de hacer valer cada palabra promovida por el presidente como la única y poderosa verdad, puesto que la pequeña tarima que le colocaron, no alcanzaba a darle ningún tipo de altura en contraste del cuadro que al fondo le acompañaba.

Aquí sí aplica la frase “el tamaño sí importa” y es que Benito Juárez se llevó el espacio completo y dejó empequeñecido al anfitrión del evento.

Andrés Manuel ha tenido muy pocos momentos en donde se le ve caminando erguido por completo, más allá de sus primeros actos oficiales en donde reinaba la felicidad y el orgullo le expandía la espalda y su columna vertebral, es común verlo encorvado, empequeñecido y con la cabeza hacia abajo.

Los expertos dicen que cada persona tiene una manera en particular de controlar su cuerpo cuando camina, se sienta, corre, o solamente de pie y se vuelve como su firma o una característica clara de su carácter y su actitud.

Los psicoanalistas dicen que las emociones afectan al cuerpo, y el caminar que captó Sashénka le da eco a todo lo contrario que se encargó de afrontar con palabras y frases duras y directas contra sus adversarios.

Andrés Manuel no ha aprendido a manejar sus posturas y ni mucho menos lograr ser congruente con lo que dice y cómo lo dice, claro, a excepción de cuando utiliza su mano derecha para señalar y señalar.

Caminó cansado, agotado, con un cuello y cabeza que no ofrece soporte a lo que dice y siente.

La postura de Benito Juárez lo pone en evidencia, lo deja en chiquito y en diminuto y el acomodo del lugar, tampoco ayudó en nada a mostrar al grande, al intimidante, al incólume, al que no se equivoca y al que tiene el poder.

Al menos es lo que su postura hace eco.

La postura de la incongruencia - 74305223a1428d85ec0c7c6845e53f18febd91d7w
Andrés Manuel López Obrador. Foto: EFE / Sashénka Gutiérrez