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Día con día somos testigos visuales de actos de violencia en la televisión, prensa o redes sociales. Miramos las imágenes casi de manera tan natural, que no importa si hay sangre, rasgos de agresión en el cuerpo de una persona desconocida, e incluso hasta podemos hacerles zoom para ver más a detalle y después, olvidarla.

Lo que pasa ante nuestros ojos es un bombardeo de brutalidad, los videos de asaltos, peleas, linchamientos, asesinatos y de cuerpos abandonados en nuestro país, sin contar el cúmulo de imágenes que tras la guerra entre Ucrania y Rusia no dejamos de ver.

Nos hemos convertido en espectadores de escenas que antes, nuestros padres nos harían taparnos los ojos ante la pantalla o de cambiarle rápidamente al canal. Hoy ya todo se entremezcla y nos hemos vuelto en una especie de seres fríos y apáticos al dolor de otro.

El domingo despertamos con una noticia escalofriante, en donde vecinos de la comunidad de Papatlazolco en Puebla, lincharon a Daniel Picazo, un joven de 31 años quien, siendo originario de la zona, pero que radicaba ya en la Ciudad de México, había viajado el fin de semana.

Los supuestos vecinos, quienes con su propia estrategia de “seguridad” se mantenían en comunicación vía whatsapp, se advirtieron que andaba una camioneta dando vueltas por el pueblo e intentando llevarse a un menor de edad. Todos supusieron que era Daniel y su amigo.

El amigo alcanzó a escapar cuando el gentío se fue contra ellos y tomaron a Daniel para llevarlo a las canchas mientras lo golpeaban brutalmente, y según las versiones, lo ataron de manos y pies, y le rociaron gasolina para que después “alguien” le prendiera fuego.

Según las diferentes narraciones del brutal y cobarde acto, más de 30 vecinos ayudaron para que la escena se completara. Sacarlo de la camioneta, golpearlo, arrastrarlo, amarrarlo, volverlo a golpear, amarrarle las manos y los pies, echarle en el cuerpo gasolina y después prenderlo en llamas.

Daniel estaba vivo cuando le rociaron la gasolina.

Lo peor es que más de 200 personas lo vieron, escucharon, olieron y vieron morir. Alguien tomó esta fotografía y la subió a las redes sociales.

El famoso efecto espectador o en inglés Bystander effect. Le llaman “fenómeno” de  la psicología social en donde uno o más individuos observan colectivamente que alguien pide ayuda desenfrenadamente y no hacen nada por ayudarle, pero sí lo graban o fotografían.

Entre más personas haya observando, menos será la culpa de no ayudar. Cientos de personas vieron a Daniel clamar ayuda, y no hicieron nada.

El gobernador de Puebla se atrevió a declarar al conocer el feroz asesinato, “que los poblanos deben regular su comportamiento” desde una silla y sentado como si estuviera viendo la tele.

Los políticos actuales también están cayendo en este efecto, miran los casos de feminicidios, de niños que mueren por falta de medicamento, del alza de asaltos en el transporte público, de los linchamientos en pequeñas pero bravas comunidades y no hacen nada, solo observan.

La fotografía de Daniel es el claro ejemplo, de que nuestra sociedad está descompuesta y aún más, con un teléfono en mano.

¿Qué nos pasa?

El cobarde efecto espectador - xtcx3saenjfeff3txl4dzk65dy-1024x693