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La nota fue publicada el día 22 del mes pasado. La leí en dos páginas virtuales de noticias: La Prensa de Monclova y Contraparte de Puebla; en esta última el reportaje fue firmado por Iván Ahuatzí García. Aunque la opinión del Arzobispo Primado Emérito de la Ciudad de México y Cardenal me asombró, me escandalizó e irritó, quise guardar mi comentario para esta semana —días de guardar— llamada Santa o Mayor.

La postura de don Norberto sobre la pederastia, pronunciada en el Frente Nacional por la Familia, no resiste el menor análisis a la luz de la inteligencia, el decoro y los valores humanos. Decir que existen casos de pederastia en los que no toda la culpa recae sobre los sacerdotes puesto que hay niños que desde pequeños mienten (¿a qué edad comenzó a mentir don Norberto?) y tientan a sus mayores. (Aquí está la clave del retorcido pensamiento del Cardenal Rivera Carrera: expresar que hay niños mentirosos pasa, es más, considero que es obligación de los sacerdotes, como guías morales, enseñarles a los niños a distinguir entre la verdad y la mentira y, sobre todo, a decir la verdad; pero lo que francamente rebasa una mente sana y se instala en un comportamiento sexualmente patológico es la creencia de que existen niños que son capaces de tentar —verbo que en dos de sus acepciones significa: inducir a la tentación; seducir: atraer, excitar a alguien a hacer algo al mostrárselo necesario, interesante o atractivo. Aun suponiendo que la premisa expresada por el Arzobispo fuera cierta, en su aserto lleva implícita la maligna idea de que como el niño indujo a la tentación, sedujo, atrajo y/o excitó a alguien a tener relaciones sexuales con él al mostrárselas necesarias, interesantes y atractivas a éste —inocente sacerdote— no le quedó más remedio que ceder. ¡Por Dios, don Norberto, sólo por este pensamiento merece usted el infierno eterno!).

No es don Norberto el primer religioso de jerarquía que dice tamaño desatino, Bernardo Álvarez, Obispo de Tenerife, una de las islas pertenecientes a la comunidad autónoma española, llamada Islas Canarias, se le adelantó, en diciembre del año 2007, en la perversa interpretación. Transcribiré las execrables palabras de don Bernardo: “Puede haber menores que sí lo consientan —refiriéndose a los abusos— y, de hecho, los hay. (¡Si lo sabrá él!). Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. (¡Y como uno no es de piedra! ¡Vale!). Incluso si te descuidas te provocan”. (¿A qué te provocan? ¿A tener relaciones sexuales con ellos? ¿Inclusive a aquellos sacerdotes que no tienen ninguna inclinación erótica por los niños?).

Antes de poner punto final a mi comentario sobre la nota de lo expresado por don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado Emérito de la Ciudad de México, me gustaría recordar que el también cardenal, lo será hasta que cumpla ochenta años; tiene un estigma llamado Nicolás Aguilar Rivera, un sacerdote procesado en Tehuacán, Puebla, por abuso sexual contra, por lo menos, 60 niños, al que don Norberto ha protegido hasta la ignominia. Después de sus fechorías en la Diócesis poblana cuando don Norberto era Obispo, lo envió a Estados Unidos donde, bajo el resguardo del cardenal Roger Mahony, prosiguió con su repugnante propensión sexual. Está acusado de, por lo menos, 26 violaciones a menores en Los Ángeles, California.

Cuando don Norberto se retiró de la vida religiosa activa le compuse el siguiente epigrama que aquí reproduzco: Te vas Norberto Rivera,/ Norberto Rivera te vas/. Sin explicarnos, siquiera/, lo del padre Nicolás.

Dejad que los niños (cuento)

Poncho tiene 11 años. Desde que hizo su primera comunión acostumbra confesarse y comulgar cada domingo: Ave María Purísima. Sin pecado concebido. Dime tus pecados. Me acuso padre de decir mentiras. ¡Muy mal hecho! ¿Qué otro pecado has cometido? Ninguno. ¿No te has hecho tocamientos? ¿Tocamientos? Sí, tocado tus partes pecaminosas. No, padre. Bueno, en penitencia reza tres Padres Nuestros y tres Ave Marías y luego ve a la sacristía a verme.

Poncho entra a la sacristía y se santigua ante el Señor Crucificado que preside el recinto. Ahí lo espera, ya sin sotana, el padre Ramiro, cura párroco del Templo de Santa Rita. ¿Para qué quería verme? Ah, es que quiero que sepas cuáles son las partes pecaminosas de tu cuerpo. Y sin más, el sacerdote le baja pantalón y calzón al sorprendido Poncho. Lo toquetea por delante y luego por detrás. Posa sus manos sobre sus asentaderas. Poncho está azorado. El corazón le late a mil por hora. De reojo ve cómo el padre Ramiro, cura párroco de Santa Rita y pederasta, se baja su pantalón. Poncho siente detrás de él el pene erecto del sacerdote. Tiene miedo. Frente a él tiene la imagen del Señor Crucificado a quien se encomienda. El cura manipula su falo y lo apunta hacia el centro de las nalgas del niño que voltea hacia abajo y ve cómo un raro, para él, líquido blanco y lechoso cae sobre sus calzones. El Señor Crucificado ayudó a Poncho que no fuera penetrado por el padre Ramiro, cura párroco de Santa Rita, pederasta y eyaculador precoz.