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El Padrino II. Nadie lo nota. Michael y su hermano Fredo están viendo un show, y Fredo dice: “Johnny solía traerme siempre a este lugar”. Y ves que Michael se da cuenta de que su hermano lo traicionó. Es mi momento favorito de la saga, pero es muy sutil.

Así cuenta Alfredo Pacino a Lawrence Grobel en Conversaciones con Al Pacino (Grupo Editorial Norma, 2007). Alfredo, que es el nombre del actor: porque, en el libro, se descarna la persona real, para hablar sobre sí misma.

Esta, la escena preferida por Pacino, es honda: revela la traición de Fredo por una causa que la humanidad arrastra desde hace siglos: ¿Tiene el agradecimiento fecha de caducidad, o es un compromiso eterno con el precio de la ayuda?

Fredo explica su deslealtad a Michael:

–Johny Ola prometió algo para mí, dice

–Pero yo te doy todo, replica Michael.

–¡Pero yo también quiero algo propio!, argumenta Fredo.

La explicación de Fredo abre no solo un conflicto familiar, también una grieta filosófica: ¿El agradecimiento exige lealtad ciega? ¿La gratitud, si asfixia, deja de ser virtud y se vuelve cárcel? ¿Los lazos de sangre son garantía de fidelidad?

Los filósofos antiguos veían el agradecimiento como virtud en movimiento, no como estado permanente. Séneca decía que “nada parece más propio de un alma grande que el agradecimiento”, y Derrida que “el verdadero agradecimiento no espera retorno”.

En De beneficiis, Séneca advierte que el exceso de deuda puede humillar y corromper, la gratitud no debe convertirse en esclavitud. Y Derrida, en La hospitalidad, dice todo intento de salir parejo en el agradecimiento se contamina con el cálculo.

Fredo no soporta vivir bajo la deuda moral con su hermano, como si la sangre fuera una servidumbre. Por eso no es solo traidor, es un cobarde: no por ceder a la presión de Johny Ola, sino por haber aceptado la protección de Michael.

Es imposible aceptar y luego pretender salir ileso de la deuda. Como si el corazón de la familia fuera un banco al que se puede pedir un crédito sin pagar intereses. El agradecimiento, cuando nace de pedir y aceptar, es una carga moral.

Mauss lo explica en El ensayo sobre el don: “Todo intercambio conlleva una obligación triple (dar, recibir y devolver). Quien rompe ese equilibrio, rompe también su dignidad. No puedes pedir sin pensar que no serás capaz de aceptar lo que venga con el pedido”.

La escena que le gusta a Al Pacino es fascinante. Y abre otra línea, que enriquece el debate sobre El Padrino:

No pidas y no aceptes, si no tienes la capacidad moral para soportarlo. Porque nadie te obliga a pedir.

Pero si lo haces, aguanta.