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El Partido Revolucionario Institucional quiere ganar la elección presidencial del 2018 cueste lo que cueste. Esto me recuerda lo que decía una vedette, amiguita mía, “seré estrella del espectáculo me acueste con quien me acueste”. Mi amiga no fue estrella. ¿Ganará el PRI la presidencia de la república el año próximo? No es cosa fácil si consideramos que este partido aparece, en las encuestas, en el tercer lugar de las preferencias electorales. El triunfo de un priista en los comicios del año entrante está más difícil a que con los tres mil pesos que el gobierno de la Ciudad de México otorga a los damnificados por el sismo, éstos puedan pagar una renta. Dicho de otra manera, que un miembro del tricolor llegue a vivir seis años en Los Pinos es una tarea más ardua a que los gandallas, falsos damnificados, que tramposamente recibieron 3,000 pesos de ayuda del gobierno capitalino, los devuelvan.

La pésima conducta de priistas de la talla de Javier Duarte —talla moral no la 5XL de sus camisas—, Roberto Borge, Tomás Yarrington, César Duarte, Eugenio Hernández y demás corruptos que están en la cárcel, además de los que están desempeñando puestos de importancia en los tres niveles de gobierno y, por supuesto, los que hacen la ley y la trampa en el Honorable Congreso de la Unión, han ocasionado que su partido tenga ahora la más baja popularidad y credibilidad de su historia. Por eso, el pasado 12 de agosto en la XXII Asamblea Nacional, se quitó el candado estatutario en el que se pedía el requisito de militancia partidaria de cuando menos 10 años para aquellos que aspiren a ser candidatos a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Al parecer la enmienda estatutaria operada por Enrique Ochoa, protestada por una buena cantidad de militantes y ordenada por el presidente Peña Nieto tiene como objetivo hacer posible que bajo las siglas del PRI presenten sus candidaturas ciudadanos no afiliados al PRI con buena imagen ante la sociedad. No ha faltado quien afirme que la reforma en los estatutos tiene dedicatoria para el licenciado en Economía José Antonio Meade, personaje que no está afiliado a ningún partido y actualmente se desempeña como secretario de Hacienda y Crédito Público, antes ocupó dos secretarías más en el actual gobierno y dos durante el periodo presidencial de Felipe Calderón.

El redactor de lo que usted lee tiene la percepción que el licenciado Enrique Peña Nieto tiene genes ciento por ciento priistas, de tal suerte que como lo escribí  en mi columna publicada en El Economista el jueves 31 de agosto resucitó el tapadismo y por medio de su compañero de golf, de caminata y de reflexión, el senador Emilio Gamboa, hizo saber a la opinión pública la existencia de cuatro aspirantes a ser el candidato del PRI a la presidencia: el ya mencionado Meade, el doctor José Narro, secretario de Salud; el secretario de Educación, Aurelio Nuño, y el de Gobernación,  Miguel Ángel Osorio Chong.

Algo parecido hicieron los presidentes emanados del PRI Luis Echeverría y Miguel de la Madrid, lo que confirma mi apreciación de que al mexiquense le gustan y procura las antiguas formas del priismo. Hace unos días ante los asistentes del foro Impulsando a México. La Fortaleza de sus Instituciones, la periodista Adela Micha le hizo una entrevista frente a los asistentes. Se tocaron varios temas. Aprovechando la presencia de tres de los cuatro encapuchados, Adela interrogó al Ejecutivo: “¿El presidente no va a decidir quién va a ser el candidato del PRI a la Presidencia de la República? “El presidente siempre tiene siempre, por supuesto una opinión importante en el priismo y el priismo lo sabe”, respondió Peña Nieto, y continuó: “Los priistas tenemos nuestra propia cultura, nuestra propia liturgia. Hay quienes nos estigmatizan porque somos diferentes, porque no hacemos primarias —se refirió a elecciones no a cuestiones escolares—, porque no hacemos ejercicios que otros partidos eventualmente hacen o que otros partidos políticos de otros países hacen (…) El PRI tiene su propia liturgia, sus tiempos, sus ritmos y es algo, además que el priismo asimila y entiende muy bien (…) Luego nos sincronizamos tan bien el presidente y el partido, que luego yo no sé quién le lee —con doble ‘e’— la mente a quién, si el partido al presidente o el presidente al partido”.

Esta última afirmación del Ejecutivo me recordó cuando, seis días después del asesinato del candidato priista Luis Donaldo Colosio, el que en ese momento era gobernador de Sonora y miembro del Consejo Político del PRI, Manlio Fabio Beltrones, operó para el presidente Carlos Salinas, lo que se llamó el video-destape que ungió a Ernesto Zedillo como el candidato sustituto del partido tricolor. Entonces fue que don Fidel Velázquez, el nonagenario líder de la CTM —bastión priista designado a darle validez a los deseos del presidente—, farfulló: “Caray, señor presidente, nos adivinó usted el pensamiento”.

En relación con los presidentes que le precedieron en el uso del dedazo Peña Nieto está en desventaja: Sus antecesores sabían que su dedo señalaba al futuro Presidente de la República. El de Atlacomulco sólo sabe que su dedo señalará al candidato del PRI.